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El día que perdí la inocencia

19 Dic

Hoy abro el post con una pregunta. ¿Vosotros recordáis exactamente cuándo dejásteis de creer en el ratoncito Pérez, los Reyes Magos y esas tiernas ridiculeces?

Yo no sé si soy rara, pero no lo recuerdo, a pesar de que siempre nos refiramos a ello como el no va más  de los traumas infantiles y el que marca casi el fin de la infancia. Además, tampoco hubo una conversación con mis progenitores ni preguntas incómodas hacia ellos. Conociéndome como me conozco, supongo que las cosas fueron más o menos así:

1. Razonándolo, me di cuenta de que los Reyes Magos no podían existir (eso debió ser así porque yo soy mucho de racionalizar, y además tampoco recuerdo al típico compañero de cole cabroncete que te abre los ojos a la dura realidad).

2. Pensé en cómo lo iba a gestionar y me dieron penilla mis padres, que seguían tan emocionados pensando que yo creía en los Reyes. Hubiera sido una crueldad quitarles la ilusión, no me digáis que no.

3. Toma de la decisión menos dura: fingir durante unos años más que sí creía y de paso vivir del cuento un tiempecillo.

(Ay, si es que yo era un encanto de pequeña…).

Sin embargo, lo que nunca se me olvidará, mi trauma navideño por antonomasia, lo peor de lo peor, tuvo lugar apenas hace un par de años. Y fue tan horrible, que juré que nunca más volvería a creer en nada…

Para contar esta escalofriante historia, os pongo en antecedentes. Cuando era pequeña, todos los años veía la Cabalgata de Reyes con mis padres desde el balcón de una tía mía,  que vivía en un primero en una calle muy céntrica (ahora que lo pienso, ni que fuéramos aristócratas, parecía que no queríamos mezclarnos con la plebe o algo…). En aquellos felices años, mi hermano aún estaba en la mente del señor (por lo menos al principio, después hizo su aparición estelar y también nos lo llevábamos) y mi primo Rubén, que me lleva 4 años, se venía siempre con nosotros (estábamos siempre juntos, parecía un hijo más de mis padres). Y el muy cabrito me sacaba rabia porque a él le ponían los regalos en su casa la noche del 5, al volver de la cabalgata, y yo me tenía que esperar hasta la mañana siguiente. Yo tenía un chaquetón de pelo blanco súper calentito, que me encantaba porque me parecía regio a tope. Si localizo una foto, hasta puede que edite la entrada con ella…

Como éstos.

Bueno, pues el caso es que nos juntábamos en el balcón de mi tía miles de personas: tíos, primos, amigos de mis padres con sus hijos… Y COGÍAMOS MILLONES DE CARAMELOS. De verdad, era una cosa bestial, nos poníamos a chillarles a las carrozas como descosidos y a vacilar a los pajes cosa mala (“¡¡a que no llegáis, pringaos!!”) y ellos, con toda su mala hostia, nos tiraban caramelazos con una fuerza inusitada. Con tanta, que a veces hasta atravesaban los caramelos la terraza y llegaban a entrar en la casa; y todos los años alguno de los primos pequeños acababa llorando porque le habían acertado de lleno en la mollera (además, entonces los caramelos eran de los duros, que molaban más). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que después venía mi madre o una de mis tías a organizarnos para que cada niño nos lleváramos exactamente la misma cantidad a casa (“¡¡Venga!! Dándole la vuelta a los bolsillos ya mismo, que los pequeños han cogido menos y eso no puede ser… Hale, todos los caramelos encima de la mesa. Tú, vacíate ese bolsillo interior también, que te he visto, te crees muy listillo… Y ahora, ya que hemos reunido todos, dividimos en partes iguales.”). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que nos duraban hasta febrero. Cogíamos tantísimos caramelos, que mi padre y mis tíos se reservaban un puñado para tirárselos con saña a los pajes y para intentar encestar alguno en el trombón de la banda, cuando pasaba al final. Y se descojonaban, aunque yo creo que nuestro balcón era el más odiado de la calle… Total, que la Cabalgata de Reyes constituye uno de los recuerdos más preciados de mi infancia.

Luego empecé a ir con mis amigos y a verla a pie de calle, como las personas. Y me desilusioné bastante porque cogía muchos menos caramelos que antes, a pesar de luchar a muerte contra niños pequeños, los padres de esos niños y sus abuelos, que son los peores. Apenas dos puñaditos y encima, como ahora son blandos, casi que te los vas comiendo de camino a casa con el ansia y cuando llegas ya no te queda ninguno.

Pues hace dos años, llegué de la cabalgata indignadísima y empecé a darle la murga a mi madre, que me esperaba en casa con el brasero:

– ¡¡¡¡Seis caramelos!!!!! Seis caramelos, tú te crees (ten, te he guardado dos). Vamos, hombre. Hace falta tener poca vergüenza. Por falta de presupuesto, dicen que es. Pues será, porque somos la provincia donde menos kilos tiran, que son unos miserables, pero también les gusta mucho a los concejales quedarse sacos enteros y repartírselos luego a sus hijos y a sus amiguetes, porque de esas toneladas que decían que iban a tirar, te digo yo que no han tirado ni la mitad…

– Virginia…

– …y que sí, vale que el Ayuntamiento no tenga dinero para caramelos. Pero es que nos toman por tontos, que después los de Cultura en comidas y cenas no recortan. Claro, en caramelos y en visitas nocturnas a la Alcazaba, que cada verano hay menos, pues en eso sí. Pero no, en sus cosas, en eso no. Hace falta ser sinvergüenza y caradura…

– Virginia, creo que deberías relaj…

– … y por lo menos ahora el séquito del rey Baltasar sí es negro de verdad, que me parecía de risa y de vergüenza que salieran cantamañanas con las caras pintadas… Ahora, que me pregunto si les pagarán a esa pobre gente, y cuánto. Que seguro que lo que hacen es abusar de los inmigrantes y darles una miseria. Mira, no vuelvo a ir otro año, porque para volver cabreada… ¡CON TODOS LOS CARAMELOS QUE COGÍAMOS EN EL BALCÓN CUANDO ERA PEQUEÑA; ES INCREÍBLE!

Y entonces mi madre, que llevaba un rato intentando meter baza sin éxito, me miró con los ojos y la boca muy abiertos y acto seguido empezó a retorcerse de risa en el sofá, ante mi incomprensión.

Cuando se calmó y pudo hablar, me confesó que lo que hacían todos los años era comprar un montón de caramelos y, cuando los pajes tiraban hacia nuestro balcón, los adultos disimuladamente tiraban puñados en la terraza sin que nos diéramos cuenta. Lo solapaban tan bien y nosotros estábamos tan emocionados, que ni nos coscábamos. “Pero vamos a ver… ¿tú te crees que tenía lógica que al final cogiéramos bolsones y bolsones de caramelos? ¡Pero si como mucho llegaban dos o tres a la terraza, desde la Cabalgata! Parece mentira, venir a enterarte ahora, al cabo de los años… yo creía que lo sabías desde hacía muchísimo tiempo”. Y en este punto mi madre se volvió a desternillar, todavía sin creerse mucho que tenía un hija tan parda y tan graciosa.

Pues no, no lo sabía. Y ese es mi mayor trauma de todos los tiempos, el de echar por tierra una creencia que mantuve hasta los 20-21 años. Manda huevos.

P.S. A pesar de todo, sigo teniéndole simpatía a los Reyes Magos; son unos tíos legales. De hecho, son los únicos reyes a los que les tengo simpatía; por mí todos los demás podían desaparecer, pero de verdad. Y, a pesar del disgusto, no he faltado a la cabalgata ningún año y sigo teniendo épicos combates con la gente que intenta apoderarse de mis caramelos.

P.S.2. Al día siguiente, vino a casa mi primo Rubén y a mi madre le faltó tiempo para decirle “Mira de lo que se ha venido a enterar tu prima ahora…” Y cuando vio que Rubén ponía exactamente la misma cara que yo la noche anterior, volvió a quedarse boquiabierta y, acto seguido, a carcajearse abiertamente. Somos unos pobres incomprendidos.

Sobre plantujas

7 Oct

Cuando era pequeña (hace una década o incluso más tiempo), un amigo de la familia me regaló un cactus pequeñito con forma de palmera, que se había traído de un viaje a Canarias. La plantita, que venía en un tiestecillo de esos de broma (por lo ridículo de su tamaño), con los años empezó a crecer salvajemente y tuvo que ser trasplantada innumerables veces, hasta llegar al macetón que ocupa ahora, por el momento. Actualmente ya es casi de mi altura, y en esta época del año es cuando comienzan a salirle nuevas hojas y a formarse troncos nuevos. Cuando le da la gana, le salen flores amarillas, que acaban convirtiéndose en unas pelusas blancas con la semilla al final.

La susodicha

Total, que cumple todos los requisitos para considerarse “planta favorita de Virginia”: vistosa, bonita (a lo mejor no estáis de acuerdo, pero a mí me gusta y punto) y, sobre todo, fuerte como ella sola (tirando a inmortal). Ya te puedes olvidar de que existe durante temporadas, que no se seca (pocas cosas me deprimen más en este mundo que el que se me mueran las plantas, me hace sentirme una asesina).

Hará 2 ó 3 años, empecé a intentar que se reprodujera para llevarme una hijita suya a Granada. Pregunté al amigo que me la había regalado y me dijo que plantara las semillas esas de los pelos blancos, que era el modo idóneo, aunque no se acordaba de la época. Bien.  Planté las semillas en primavera, por si acaso. Las planté en invierno. En verano. En otoño. Las planté directamente recogidas de la planta materna, y también probé a plantarlas esperando un poco para que les salieran raicillas. Todas las tentativas acabaron exactamente igual: con una servidora mirando un tiesto con tierra durante dos semanas. Y encima, con fe (“pues parece que ahí ya a lo mejor asoma algo…”). Así soy yo: inasequible al desaliento y con un entusiasmo a prueba de bombas.

En fin, que acogiéndome al empirismo más elemental acabé decidiendo que igual el cactus no se reproducía por semillas, sino por esquejes. Pero claro, me daba pena mutilarle un brazo para hacer un ensayo de los míos, especialmente teniendo en cuenta el porcentaje de fracasos (100%. Superadlo, si podéis). Afortunadamente y cuando ya estaba asumiendo que mi planta jamás tendría descendencia, mi madre descubrió un lugar donde crecen hermanas suyas. Un jardín particular que pertenece a una farmacia, cosas de la vida. No diré exactamente cual por si la farmacéutica descubre el hurto, aunque no creo, porque me parece que tiene los cactus más descuidados que yo, que ya es decir. Crecen completamente salvajes.

Porque el resto ya os lo estáis imaginando. Con nocturnidad y alevosía, armada con unas tijeras y con una bolsa para guardar mi botín, me presenté allí de noche en compañía de mi madre, tan motivada como yo. Creo que somos un pelín peliculeras y que lo exageramos un poco (podíamos haberle pedido un par de esquejes a la farmacéutica y DE DÍA, como las personas normales; casi seguro que nos hubiera dicho que sí), pero la incursión tuvo su emoción, la verdad. Y además, hasta me sentía un poco justiciera: yo, una farmacéutica sin farmacia ni posibilidades de ponerla (ni ganas, en honor a la verdad) metiendo mano en el excesivo patrimonio de una colega más afortunada. Tenía todo el sentido del mundo, no me digáis xD.

Conclusión: esta vez he tenido éxito. Los palmerillas crecen a ojos vista varios centímetros de un día para otro, han echado hojas… Orgullosísima estoy de mis retoños, vaya. En breve me traeré uno a Granada, a ver si le doy color a mi terraza. Y mi planta grande, indemne.

Por cierto, lo que jamás he llegado a saber es el nombre del cactus, y mira que he buscado en internet y en distintas guías botánicas.  Si alguna vez llegáis a saberlo, acordaos de mí y decídmelo. A cambio, os puedo regalar uno xD

Vivan las alpacas!!

20 Feb

El martes tengo el último exámen de mi último febrero, ya era hora. Y como ya estoy un poco harta de estudiar (aunque éste sea probablemente el curso en el que menos estoy estudiando), voy a aprovechar para dedicarle unas palabras a uno de mis bichos favoritos, la alpaca.

 

Un magnífico ejemplar de raza huayaca (creo)

 

Creo que ésta pide a gritos que la esquilen.

Son unos animalejos de origen andino parecidos a la llama y a la vicuña (para el que se lo esté preguntando, sí, también lanzan escupitajos) y la lana se usa muchísimo para hacer ropa, mantas y esas cosas. Hay dos razas: la suri y la huayaca, que es la más típica. Preciosas las dos, no me digáis que no son totalmente achuchables… y tienen una cara divertidísima. Aunque tanto wikipedia como taringa insisten en que se usan principalmente en la industria textil, hace unos años, cuando las descubrí y me puse a investigar, también leí en no sé donde que se usan mucho para trabajar con niños discapacitados, porque son muy cariñosas y mansas. Otra cosa que he descubierto hoy es que, igual que los gatos, hacen siempre sus necesidades en el mismo sitio. Si es que son perfectas como mascotas a todos los efectos… xD.

Recuerdo que hace unos años, cuando Antonio compró gallinas (vive en una casa casi en el campo) supliqué y supliqué para que comprara también una alpaca, insistiéndole en todas sus ventajas. Obviamente, no me hizo ningún caso, y mentiría si dijera que con el tiempo se me pasaron las ganas. Además, aquí en España, concretamente en Toledo, hay una empresa que vende alpacas, y aseguran que sus cuidados y mantenimiento son muy fáciles y económicos… En fin, desde aquí manifiesto que si algún día tengo una casa propia (jaja) con jardín, terreno adyacente o similar (jajajaja) me compraré una alpaca. Depende del rumbo que tome mi vida en los próximos años, otra solución es tener a la alpaca en Terque, que sí tengo casa (ya alquilaría algún terrenillo o algo para tener al bicho). No sería lo ideal, pero oye, el que no se consuela es porque no quiere xDD.

Y después de esta entrada totalmente gilipollezca, me despido hasta después del examen.

P.S. Es broma, espero que mi vida avance en otro sentido que no sea quedarme recluida en Terque y dedicada a la cría de alpacas. Sería lo que me faltaba… Pero lo que sí haré seguro es pasarme por la granja esa la próxima vez que vaya a Toledo.

P.S.2. Se me había olvidado que tengo un amigo muy majo que lleva años buscando una alpaca de peluche para regalarme en algún cumpleaños, navidades, etc. Un saludo para él, que está difícil la cosa xD

El pela-zanahorias

21 Ene

En mi barrio de este año no hay ni una sola tienda de chuches cerca, ni una panadería, ni nada. A veces me pregunto si sus habitantes no formaremos parte de un estudio epidemiológico secreto de las autoridades sanitarias para comprobar que así estamos más sanos que la media, porque lo que son caprichos… ni uno. Porque claro, no hay lugar a que se repitan varios momentos del año pasado, a saber:

1. “Voy a bajar a comprar X, ¿quieres algo?” “Sí, súbeme una palmerita, porfa” (esta conversación se ha dado a todas las horas posibles, porque la panadería abría así como a las 6 de la mañana y cerraba a las 10 de la noche).

2. “Voy a ver una peli. Mmm, me voy a acercar a comprarle pipas al señor de la voz bonita…” (¿¿qué pasó con ese hombre?? Desapareció de la noche a la mañana, y yo estaba totalmente enganchada a su voz y a su forma de hablar…).

3. Cualquier día, a cualquier hora (por ejemplo, domingo a las doce de la noche): “Voy al Opencor a comprar un subrayador/una pizza/un helado de chocolate” (qué habría sido de nosotros muchas veces sin el Opencor, a pesar de sus precios abusivos).

Total, que aquí para cualquier mínima tontería ya tienes que ir al Mercadona, que tampoco está para morirse de lejos… pero ya tienes que andar un trozo de avenida y cruzarte de acera. Y una es vaga y friolera, qué le vamos a hacer. Por eso, para consolarme cuando me muero de ganas de picar algo, mi estrategia de los últimos meses ha consistido en comprarme redes enormes de zanahorias. Cuando me entra la gusilla, me como una o dos (no sé si llegaré a emular mi hazaña de pequeña, que consistió en ponerme totalmente amarilla a fuerza de comer zanahorias -¡me encantaban!-. Me llevaron al médico porque creían que estaba ictérica). Y en fin, son más sanas que otras cosas que pueda picar, así que además de calmar mi hambre calmo mi conciencia.

La cosa es que esta tarde he abierto el frigorífico, he mirado las zanahorias y ellas me han devuelto la mirada.  De repente, me apetecían mucho unos gusanitos. Me he puesto el abrigo para salir a la calle, en silencio… cuando en mi cabeza ha resonado un “¿¿SE PUEDE SABER A DONDE VAS??”. Mierda, la parte sensata de mi cerebro (la que ha estudiado Nutrición y Salud Pública) me ha descubierto. “Mmm, no, voy… a comprar un pela-zanahorias, que no tengo y me hace falta” (la parte mentirosa de mi cerebro se intenta justificar). “¿Y para eso estamos subiendo y bajando escaleras, comiendo sin excesos y vetando cosas insanas como las que te quieres comer ahora? ¿Vamos a tirar todo eso por la borda, eh?” (vuelve a la carga). “Por favor, no le hagas caso, por una vez no pasa nada…” (ahora solloza el centro del hambre de mi cerebro, directamente conectada con mi estómago).

¿Y qué hago yo discutiendo con todos vosotros? En definitiva, ¿qué hago discutiendo conmigo misma? Hala, que os den por saco a todos, me voy a la calle. (Sí, es triste, pero así de grillada estoy).

Y bajé al chino, a comprar un pela-zanahorias (¿qué os creíais, eh?). Por cierto, ahí me di cuenta de que no sé como se llama ese cacharro de verdad. Quiero decir, en mi casa lo usamos para pelar zanahorias, por eso lo llamamos así, el pela-zanahorias (sí, somos así de simples), pero sé que hay gente que también lo usa para pelar patatas, no sé cómo porque a mí no me sale. Pues nada, ahí me ves en el chino, sospechando que el instrumento que estoy buscando sólo lo llamamos así en mi familia, y sin verlo por ninguna parte. Me estaba planteando seriamente si tendría ovarios de describírselo de alguna forma al amable dependiente que no habla español (“sí, mire… es una cosa que yo uso para pelar zanahorias, pero que también se usa para pelar más cosas… y es así como parecido a una cuchilla de afeitar, pero inequívocamente de cocina”), cuando de pronto lo descubrí. Bingo. Pagué y me fui a casa.

En fin, lectores,  ya que habéis llegado hasta aquí, hago un llamamiento y una petición de ayuda. Si más o menos os imagináis el cacharro del que estoy hablando, ¿vosotros cómo lo llamáis? ¿Tiene algún nombre específico y yo no me he enterado? Ilustradme, por favor.

Las culpables, esperando a ser peladas.

P.D. No lo iba a decir, pero… Que sí, que al final fui al Mercadona y me compré una bolsa enorme de gusanitos 🙂 (¡qué débil soy!).

P.D. 2 … Vale… y otra de palomitas… (soy muy, muy, muy débil). Aunque en mi defensa diré que esa aún no me la he comido^^