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El cierre de una casa

17 Nov

jilgueroEl sábado estuvimos vaciando el piso donde vivieron siempre mis abuelos de alquiler, con mi madre y con mi tía hasta que se casaron. Igual de ellos he heredado lo de que al oír hablar de una hipoteca me salga urticaria, aunque tampoco me faltan razones. Di muchos viajes bajando cosas desde el tercero sin ascensor, aunque por suerte tuvimos ayuda para los bártulos más voluminosos y pesados. El sofá, el frigorífico, la estantería del salón, los sillones… mueble a mueble, la casa se fue quedando vacía.

CardiospermumHalicacabum070712b

Acabo de descubrir que se llama Cardiospermum halicacabum. Qué cosas.

En una de las ocasiones en que subía las escaleras corriendo, como hacía hace muchos años, pensé en lo estupendo que sería el que conforme yo corriera hacia adelante el tiempo fuera pasando hacia atrás, de forma que al llegar arriba fuese otra vez pequeña y la abuela me estuviera esperando en el rellano, sonriente y con la despensa llena de rosquillas, caramelos y frutos secos. La casa tendría todos los muebles en su sitio y el abuelo estaría en el cuarto de estar, trabajando en el banco de carpintería y llenándolo todo de virutas. Las decenas de trofeos que ganó pescando continuarían en su sitio. Juanico, el jilguero, piaría en su jaula. En la terraza seguiría estando la maceta de farolillos, y en la mesa de comedor ese pez gigante y hueco de cristal al que me gustaba tanto meterle el dedo en la boca. Puede que la tita Encarni también estuviera allí, sentada en el sofá haciendo crochet y charlando de cualquier cosa con mi madre, mientras Rubén y yo jugábamos con esos juguetes que los abuelos nos guardaban en una caja. Merendaríamos todos juntos y por la noche llegaría mi padre, al salir de Diputación, para recogernos y llevarnos a todos a casa. En aquel entonces no era obligatorio ponerse cinturón de seguridad en el coche y los niños no teníamos que utilizar sillita. Si éramos más de cinco personas, incluso hacíamos el viaje en las rodillas de algún adulto y no pasaba nada.

Echo tanto de menos esos tiempos. Los echo tanto de menos a todos.

Reincidimos

18 Oct

Hace un par de días me di una vuelta por aquí después de muchos meses de ausencia. Para mi sorpresa, descubrí que tenía comentarios nuevos (en realidad, la mayoría bastante antiguos, pero nuevos para mí al fin y al cabo). Un amigo incitándome a volver, otra persona que me contaba un hecho curioso en la entrada del monumento a los Coloraos, e incluso una chica cuyas aportaciones fueron “hay que matar a las lagartijas” y “tengo pánico a las lagartijas” en otra entrada aleatoria (Johnny, la gente está muy loca).

Luego miré el blogroll y me entró cierta ternura al volver a franquear el umbral del espacio de mis amigos. Por cierto que varios blogs ya no existen, otros muchos quedaron congelados hace un año o dos y una digna minoría sigue resistiendo. Compruebo con asombro que otro ha vuelto recientemente, tras un período de hibernación. En cualquier caso urge actualizar los enlaces. Elimino con pena los que ya no están operativos, añado otros y me niego a borrar a los que duermen. Quizás algún día despierten.

Mi blog nunca fue la caña, pero era un espacio por el que de vez en cuando se pasaba gente y donde a veces surgía la comunicación. Y que me ha hecho pasar muy buenos ratos, y eso ya es bastante. Volver a husmear por aquí me hizo sentir como volver a estar en casa.

Así que… aquí estamos de nuevo.

No sé por cuánto tiempo. No sé sobre lo que me apetecerá escribir. Sí sé que si ya antes tenía poco feedback, aún en la temporada en la que a todos nos dio por los blogs, ahora voy a tener incluso menos. Pero qué más da. Vuelvo.

Y qué mejor imagen para hacerlo que ésta que recupero y que tiene unos cuantos años (que me perdonen los implicados). También era otoño y precisamente también volvíamos a casa después de una larga marcha.

Bienvenidos otra vez a este rincón.

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Adiós, 2012

28 Dic

estrella recortadaEn 2006 (qué barbaridad, cómo pasa el tiempo), justo en mi primer año de carrera, conocí en mi residencia universitaria a una chica a la que llamaremos B por conservar su anonimato, que no tengo ni idea de si le hará gracia aparecer en este blog mío. A pesar de no caernos muy bien al principio (hecho que disimulamos con mucha elegancia y que nos confesamos a los años), con el tiempo nos hicimos buenas amigas e incluso acabamos compartiendo piso.

Y a lo largo de los años…

…hemos hecho numerosos viajes.

…hemos redactado apuntes a cuatro manos de casi todas las asignaturas de la carrera.

…hemos compartido fiestas, jolgorios y confidencias.

…hemos tenido pequeñas discusiones por las labores domésticas.

…hemos comido cantidades ingentes de chocolate, palomitas y porquerías varias.

…hemos ido al cine casi de incógnito a ver películas de las que nos avergonzamos pero a las que no estamos dispuestas a renunciar.

…hemos llorado juntas en el cine y también cada una por su lado, cuando tocaba (creo que sobre todo yo, que siempre he sido más llorona). Y la otra siempre ha estado al pie del cañón para consolar.

…nos hemos asistido mutuamente en situaciones médicas, emergencias o no: acompañamiento en análisis de sangre, curas de heridas, viajes de urgencia al hospital. Incluso en hechos que al final no eran tan preocupantes como creíamos (“mira… no te asustes, pero creo que estás vomitando sangre”) ¬¬.

…hemos compartido lecturas, hemos arreglado el mundo con nuestras charlas, hemos aprendido de otros y después hemos tratado de transmitir esas enseñanzas.

…hemos esperado con auténtica ansiedad resoluciones del Ministerio.

…nos hemos reído hasta que se nos han saltado las lágrimas por las cosas más absurdas…

…y así podría seguir y seguir.

Y esta entrada, que probablemente será con la que despida este año 2012, se la quiero dedicar a mi amiga B porque no sé si dentro de poco tendré que despedirla a ella también. El camino que hemos escogido, el investigador, es un camino duro y arduo(*), y cuando se presentan buenas oportunidades hay que ir tras ellas. A ella se le ha presentado una en otra ciudad y ha probado suerte: pronto sabremos el resultado. Y aunque por supuesto que la echaré muchísimo de menos si finalmente se va, le deseo todo lo mejor. ¿Cómo podría no hacerlo? Es que a ver, con ella vi el último capítulo de Lost, sólo eso debería daros una idea de lo muy importante que ha sido -y es- B. Y también sabemos ambas que como finalmente Ian Somerhalder haga el papel de Christian Grey (soy consciente de que las visitas de este blog van a aumentar mucho después de escribir estos dos nombres, mejor para mí) correremos a reunirnos en la ciudad que sea para ir al cine, con el cuello de la gabardina subido para que nadie nos reconozca y a pesar de todo lo que hemos despotricado de los libros.

Pero suceda lo que suceda, sé que le irá bien.

Y te irá bien porque eres brillante, trabajadora y tendrás éxito allí donde vayas.

Millones de gracias por los años universitarios, esos que dicen que son los mejores y que sin ti no hubieran sido lo mismo. Y por muchísimas cosas buenas de mi vida que llegaron de tu mano.

Sabes que tienes casa en Almería, Granada y en cualquier lugar en el que haya un techo sobre mi cabeza.

Mucha, muchísima suerte. Todos tus amigos estamos cruzando los dedos, pero a la vez estamos convencidos de que sabrás sacarle partido a la situación final, sea la que sea.

Y feliz año 2013, claro. Y que venga cargado de éxitos para todos los que empezamos.

EDITO:  B me acaba de llamar para contarme que le han dicho que sí!! Ay, tengo mucha pena, pero a la vez me alegro un montón… Pero no voy a decir adiós, es un HASTA LUEGO =)

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(*) Y vaya que no, el tema de lo bien que nos hubiera ido si en primero de carrera nos hubiéramos buscado a un chavalillo apañado con farmacia también ha sido una conversación recurrente entre nosotras -en parte en broma, en parte en serio-, sobre todo en los momentos de mayor desesperación, tirones de pelo y caos y destrucción. Pero es que nosotras somos muy vocacionales, oye.

La Alhambra, 4 años después

20 May

El miércoles pasado estuve en la Alhambra: habían pasado 4 años desde mi última visita. Cuando llegué a esta ciudad, me hice una promesa: mientras viva en Granada, tengo que recorrer la Alhambra de tanto en tanto. Y es un sitio que me gusta tanto que no debería ser nada difícil de cumplir; pero desde la última vez ha pasado mucho tiempo y en ese tiempo han ocurrido muchas cosas.

La última vez que fui estaba a las puertas de mi andadura farmacéutica, en 2º de carrera. Hacía unos meses que había entregado un herbario confeccionado con primor en la asignatura de botánica, bregaba para recuperar la fisicoquímica de primero y creía que el final de la licenciatura estaba lejísimos. Hoy, después de hacer mis pinitos investigadores en el departamento de Microbiología y decidir que aquello del biodiesel no era lo mío, me encuentro arrimada al de Salud Pública, contentísima, acabando el máster y deseando tener la suerte de que una beca FPU me vincule formalmente. Pero antes de llegar hasta aquí hice las prácticas de fin de carrera, que para mí fueron un acontecimiento importante porque me reconciliaron con el mundo de la oficina de farmacia. Siempre había pensado que no quería eso bajo ningún concepto, pero al hacerlas descubrí que me encanta el contacto con la gente. Espero quedarme en la universidad, pero si finalmente eso no fuera posible sé que tengo otra puerta abierta que también me haría feliz, y eso es una suerte.

Las cosas para la gente que conozco también han cambiado mucho. Una chica estupenda, a la que no veo tanto que me gustaría, empezaba su residencia en aquella época y desde hace pocos días ya es una flamante médico de familia. Varios de mis compañeros de farmacia empiezan el FIR ahora. Mi hermano, que era un micaco, está a punto de entrar en la universidad (ánimo, Pablito). Tras algún Erasmus que otro, casi todos mis amigos han acabado sus respectivas carreras o están a punto. En lo que a amores se refiere, ha habido rupturas y creación de nuevas parejas, así como situaciones un poco más indefinibles. Algún amigo ha llegado hasta el Congreso. Otro se acaba de independizar, y lo primero que hizo en cuanto estuvo instalado fue invitarnos a merendar y poner su casa a nuestra disposición si lo necesitábamos, haciendo gala de esa generosidad enorme que le caracteriza. Creo que en general la vida no nos ha tratado del todo mal (por lo menos aún), y en los tiempos que corren eso también es una suerte.

Y es que, si hablamos de los tiempos que corren, el mundo también ha cambiado mucho desde entonces. Hace 4 años no eran muchos los que estaban familiarizados con eso de la prima de riesgo y las agencias de calificación, yo desde luego no. Evidentemente lo que tenemos encima no es una suerte, pero si nos empeñamos en ver algo positivo nos encontramos con la cantidad de gente que ha ido tomando conciencia, “despertando” y diciendo “basta” a lo largo de este tiempo. Algo que hacía falta, sin duda.

Por cierto que otra cosa buena del discurrir del tiempo son las personas nuevas que trae, o aquellas a las que te permite redescubrir. Son personas que te abren las puertas de su casa en la playa. Que discuten contigo apasionadamente sobre cualquier tema y te enriquecen. Que te convencen para hacer submarinismo con bombona, algo que no hubiera salido de ti en la vida. Que amplían tus conocimientos de cine. Que te enseñan a ser una buena epidemióloga. Que se prestan a que les saques sangre. Que en dos días organizan contigo un interrail y allá que os vais. Que te organizan rutas albayzineras en las que no dejas de aprender. Que te acompañan a exposiciones, a los comedores, a manifestaciones y a cualquier sitio. También a la Alhambra.

De todos los cambios buenos y malos de estos años, me quedo con la cantidad y calidad de la gente que quiero y que me quiere, nuevos y antiguos. Porque haciendo balance, en todos estos años no ha disminuido ni un poquito. Y eso, creo, es la mayor suerte de todas.

Mientras tanto, ajena a los cambios, la Alhambra permanece en su sitio inmutable y hermosa. Me pregunto qué cosas nuevas habrán sucedido en mi vida la próxima vez que camine por sus palacios y jardines.

El día que perdí la inocencia

19 Dic

Hoy abro el post con una pregunta. ¿Vosotros recordáis exactamente cuándo dejásteis de creer en el ratoncito Pérez, los Reyes Magos y esas tiernas ridiculeces?

Yo no sé si soy rara, pero no lo recuerdo, a pesar de que siempre nos refiramos a ello como el no va más  de los traumas infantiles y el que marca casi el fin de la infancia. Además, tampoco hubo una conversación con mis progenitores ni preguntas incómodas hacia ellos. Conociéndome como me conozco, supongo que las cosas fueron más o menos así:

1. Razonándolo, me di cuenta de que los Reyes Magos no podían existir (eso debió ser así porque yo soy mucho de racionalizar, y además tampoco recuerdo al típico compañero de cole cabroncete que te abre los ojos a la dura realidad).

2. Pensé en cómo lo iba a gestionar y me dieron penilla mis padres, que seguían tan emocionados pensando que yo creía en los Reyes. Hubiera sido una crueldad quitarles la ilusión, no me digáis que no.

3. Toma de la decisión menos dura: fingir durante unos años más que sí creía y de paso vivir del cuento un tiempecillo.

(Ay, si es que yo era un encanto de pequeña…).

Sin embargo, lo que nunca se me olvidará, mi trauma navideño por antonomasia, lo peor de lo peor, tuvo lugar apenas hace un par de años. Y fue tan horrible, que juré que nunca más volvería a creer en nada…

Para contar esta escalofriante historia, os pongo en antecedentes. Cuando era pequeña, todos los años veía la Cabalgata de Reyes con mis padres desde el balcón de una tía mía,  que vivía en un primero en una calle muy céntrica (ahora que lo pienso, ni que fuéramos aristócratas, parecía que no queríamos mezclarnos con la plebe o algo…). En aquellos felices años, mi hermano aún estaba en la mente del señor (por lo menos al principio, después hizo su aparición estelar y también nos lo llevábamos) y mi primo Rubén, que me lleva 4 años, se venía siempre con nosotros (estábamos siempre juntos, parecía un hijo más de mis padres). Y el muy cabrito me sacaba rabia porque a él le ponían los regalos en su casa la noche del 5, al volver de la cabalgata, y yo me tenía que esperar hasta la mañana siguiente. Yo tenía un chaquetón de pelo blanco súper calentito, que me encantaba porque me parecía regio a tope. Si localizo una foto, hasta puede que edite la entrada con ella…

Como éstos.

Bueno, pues el caso es que nos juntábamos en el balcón de mi tía miles de personas: tíos, primos, amigos de mis padres con sus hijos… Y COGÍAMOS MILLONES DE CARAMELOS. De verdad, era una cosa bestial, nos poníamos a chillarles a las carrozas como descosidos y a vacilar a los pajes cosa mala (“¡¡a que no llegáis, pringaos!!”) y ellos, con toda su mala hostia, nos tiraban caramelazos con una fuerza inusitada. Con tanta, que a veces hasta atravesaban los caramelos la terraza y llegaban a entrar en la casa; y todos los años alguno de los primos pequeños acababa llorando porque le habían acertado de lleno en la mollera (además, entonces los caramelos eran de los duros, que molaban más). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que después venía mi madre o una de mis tías a organizarnos para que cada niño nos lleváramos exactamente la misma cantidad a casa (“¡¡Venga!! Dándole la vuelta a los bolsillos ya mismo, que los pequeños han cogido menos y eso no puede ser… Hale, todos los caramelos encima de la mesa. Tú, vacíate ese bolsillo interior también, que te he visto, te crees muy listillo… Y ahora, ya que hemos reunido todos, dividimos en partes iguales.”). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que nos duraban hasta febrero. Cogíamos tantísimos caramelos, que mi padre y mis tíos se reservaban un puñado para tirárselos con saña a los pajes y para intentar encestar alguno en el trombón de la banda, cuando pasaba al final. Y se descojonaban, aunque yo creo que nuestro balcón era el más odiado de la calle… Total, que la Cabalgata de Reyes constituye uno de los recuerdos más preciados de mi infancia.

Luego empecé a ir con mis amigos y a verla a pie de calle, como las personas. Y me desilusioné bastante porque cogía muchos menos caramelos que antes, a pesar de luchar a muerte contra niños pequeños, los padres de esos niños y sus abuelos, que son los peores. Apenas dos puñaditos y encima, como ahora son blandos, casi que te los vas comiendo de camino a casa con el ansia y cuando llegas ya no te queda ninguno.

Pues hace dos años, llegué de la cabalgata indignadísima y empecé a darle la murga a mi madre, que me esperaba en casa con el brasero:

– ¡¡¡¡Seis caramelos!!!!! Seis caramelos, tú te crees (ten, te he guardado dos). Vamos, hombre. Hace falta tener poca vergüenza. Por falta de presupuesto, dicen que es. Pues será, porque somos la provincia donde menos kilos tiran, que son unos miserables, pero también les gusta mucho a los concejales quedarse sacos enteros y repartírselos luego a sus hijos y a sus amiguetes, porque de esas toneladas que decían que iban a tirar, te digo yo que no han tirado ni la mitad…

– Virginia…

– …y que sí, vale que el Ayuntamiento no tenga dinero para caramelos. Pero es que nos toman por tontos, que después los de Cultura en comidas y cenas no recortan. Claro, en caramelos y en visitas nocturnas a la Alcazaba, que cada verano hay menos, pues en eso sí. Pero no, en sus cosas, en eso no. Hace falta ser sinvergüenza y caradura…

– Virginia, creo que deberías relaj…

– … y por lo menos ahora el séquito del rey Baltasar sí es negro de verdad, que me parecía de risa y de vergüenza que salieran cantamañanas con las caras pintadas… Ahora, que me pregunto si les pagarán a esa pobre gente, y cuánto. Que seguro que lo que hacen es abusar de los inmigrantes y darles una miseria. Mira, no vuelvo a ir otro año, porque para volver cabreada… ¡CON TODOS LOS CARAMELOS QUE COGÍAMOS EN EL BALCÓN CUANDO ERA PEQUEÑA; ES INCREÍBLE!

Y entonces mi madre, que llevaba un rato intentando meter baza sin éxito, me miró con los ojos y la boca muy abiertos y acto seguido empezó a retorcerse de risa en el sofá, ante mi incomprensión.

Cuando se calmó y pudo hablar, me confesó que lo que hacían todos los años era comprar un montón de caramelos y, cuando los pajes tiraban hacia nuestro balcón, los adultos disimuladamente tiraban puñados en la terraza sin que nos diéramos cuenta. Lo solapaban tan bien y nosotros estábamos tan emocionados, que ni nos coscábamos. “Pero vamos a ver… ¿tú te crees que tenía lógica que al final cogiéramos bolsones y bolsones de caramelos? ¡Pero si como mucho llegaban dos o tres a la terraza, desde la Cabalgata! Parece mentira, venir a enterarte ahora, al cabo de los años… yo creía que lo sabías desde hacía muchísimo tiempo”. Y en este punto mi madre se volvió a desternillar, todavía sin creerse mucho que tenía un hija tan parda y tan graciosa.

Pues no, no lo sabía. Y ese es mi mayor trauma de todos los tiempos, el de echar por tierra una creencia que mantuve hasta los 20-21 años. Manda huevos.

P.S. A pesar de todo, sigo teniéndole simpatía a los Reyes Magos; son unos tíos legales. De hecho, son los únicos reyes a los que les tengo simpatía; por mí todos los demás podían desaparecer, pero de verdad. Y, a pesar del disgusto, no he faltado a la cabalgata ningún año y sigo teniendo épicos combates con la gente que intenta apoderarse de mis caramelos.

P.S.2. Al día siguiente, vino a casa mi primo Rubén y a mi madre le faltó tiempo para decirle “Mira de lo que se ha venido a enterar tu prima ahora…” Y cuando vio que Rubén ponía exactamente la misma cara que yo la noche anterior, volvió a quedarse boquiabierta y, acto seguido, a carcajearse abiertamente. Somos unos pobres incomprendidos.

Acto homenaje a los Coloraos

4 Sep

Comienza septiembre y abandono poco a poco la ociosidad total de las vacaciones, lo que también implica retomar el blog, que lo he tenido un poco abandonado.

Este verano no he cumplido con la ya casi tradición de visitar los refugios de Almería y la Alcazaba (esto último ha sido por causas de fuerza mayor, porque el ayuntamiento ha suspendido las visitas nocturnas este año -tijeretazo a Cultura- y visitar la Alcazaba en verano, a pleno sol… pues como que no). A donde sí he ido, después de varios años sin ir, es al homenaje a los Coloraos, que se celebra todos los 24 de agosto. A este acto dedico la entrada de hoy.

La historia de los Coloraos (llamados así por el color de sus casacas) se remonta al siglo XIX. Tras la proclamación de la Constitución de 1812 “La Pepa”, y su posterior derogación por el monarca absolutista Fernando VII en 1814, diez años después llegaron a las costas de Almería un grupo de liberales . Venían desde Gibraltar, y desembarcaron con intención de proclamar la libertad y restituir la Constitución. Fracasaron en su tentativa y la respuesta de los conservadores absolutistas no se hizo esperar: el 24 de agosto de 1824, 22 de ellos fueron fusilados. De rodillas, por la espalda, y sin juicio previo.

En 1868, ya más calmadas las cosas (y no lo sé con seguridad, pero me imagino que tras la euforia de  la Revolución Gloriosa) comenzó a levantarse un monumento en Puerta Purchena para rememorar este hecho (posteriormente los almerienses le acabaríamos llamando “pingurucho”, por su forma). Pero en 1943, ya instaurada la dictadura, a Franco se le ocurrió hacer una visitilla a Almería y… ZAS!! Monumento destruido (qué podemos decir de la cultura de los fascistas… es tan penosa como su ideología). Por suerte, en 1987 se reconstruyó el pingurucho, esta vez en la Plaza Vieja y con mármol de Macael. Y en él se colocó entonces una placa con esta emocionante inscripción (click para aumentar):

Volvieron a realizarse otra vez los homenajes, que se habían suspendido durante la dictadura, cada 24 de agosto. Se reúnen el alcalde y todos los concejales en el ayuntamiento, invitan a alguien a que dé un discurso (que se lee dentro, mientras los asistentes al acto esperamos fuera en la plaza muriéndonos de calor) y al final salen y se colocan coronas de laurel y rosas rojas a los pies del monumento. Y una de las cosas que más me gustan es la banda de música, que toca el himno de Riego y la Marsellesa (además de los himnos de Almería, Andalucía y España).

El pingurucho

A mí me empezaron a llevar de pequeña, y ya entonces me encantaba. Recuerdo ir con mi madre, con mis abuelos y con mi tía Encarni, que era militante acérrima del PSOE, pero del de Pablo Iglesias (siempre pienso que si hubiera visto lo de estos últimos años se hubiera desilusionado -y enfadado- muchísimo). Me llevaban, como digo, y era una especie de fiesta: recuerdo a todo el mundo alegre, el calor, los abanicos del ayuntamiento que se repartían para contrarrestarlo y a mis familiares saludando a muchísima gente. La mayoría eran amigos del partido que se encontraban allí. Se contaban el hecho histórico unos a otros con alegría (aunque todo el mundo lo supiese de memoria) y se pronunciaba mucho la palabra Libertad.

Este año he ido yo sola. Se ha juntado en la plaza bastante gente, aunque menos de la que recordaba de pequeña y casi todo personas mayores. Mientras esperábamos me he dado unas cuantas vueltecitas entre los grupillos, poniendo la oreja (pocas cosas hay tan entretenidas como gente mayor hablando, en serio). Y he oído de todo. Gente contando la historia de los Coloraos, otra vez; gente hablando de la crisis y del panorama político que tenemos… menos caras alegres que antes, la verdad. Y oí una cosa que me llamó la atención especialmente: un hombre quejándose de que tocaran el himno de Riego “porque es anticonstitucional, para eso tenemos una monarquía”.

Vamos a ver. Por supuesto, soy una chica prudente y no me iba a meter a contestarle a un señor que no estaba hablando conmigo siquiera y que puede muy bien tener sus ideas. Pero: 1) a la plaza se va a rememorar y a homenajear. Además, en el caso de que le hubiera contestado, podríamos haber tenido una conversación sobre por qué tenemos una monarquía en lugar de restaurar la república tras la dictadura. Y 2) el himno no es anticonstitucional porque la Constitución no lo prohíbe (en cualquier caso sería aconstitucional porque no viene recogido, si me equivoco que algún experto en derecho me corrija). Y, ya puestos a incordiar, estamos viendo estos días que resulta que la Constitución se puede modificar sin contar con nadie (tristemente). Así que nada, que me den un tippex y si todo el problema es que el himno de Riego no está en la Constitución como himno oficial de España, pues yo lo pongo (en mis sueños… aunque me encantaría, la verdad).

En eso iba pensando cuando me di de bruces con un viejecillo con el que coincidí en las elecciones del 22M (él, apoderado del PP; yo de IU) y que se tiró tooodo el día provocándome y semi-burlándose de mí, haciendo gala de bastante mala educación. Así que, sé que es una reacción totalmente irracional la mía (al fin y al cabo, el hombre había ido al acto de homenaje, aunque sólo fuera para saludar a sus amigos del partido y concejales -ahora el ayuntamiento de Almería es del PP-), pero lo cierto es que me cabreé un poco. Si estuviéramos en 1824, ese hombre -no ya ese hombre en particular, sino gente de su ideología- habría estado de acuerdo con el fusilamiento de los Coloraos, así que la situación no dejaba de ser irónica (y un poco hipócrita también). ¿Os imagináis que dentro de 100 años hay un monumento a la gente que recibió palizas en las acampadas del 15M; y que lo homenajean personas pertenecientes a un partido heredero directo del PPSOE? (Uf, me han dado escalofríos conforme lo escribía, espero que dentro de 100 años las cosas hayan cambiado lo suficiente).

Total. Salieron los concejales y el alcalde del ayuntamiento, pusieron las coronas de laurel y la banda empezó a tocar. Tras el himno de Riego, alguien gritó el consabido y siempre esperado “¡Viva la República!”, ante el que media plaza rugimos “¡Viva!”. Las autoridades permanecieron impasibles como siempre, como si no hubieran oído nada.

Cuando acabó el acto y todos abandonamos la plaza, todavía seguí escuchando conversaciones. Una anciana estaba contando que de joven, durante la dictadura, la habían humillado cortándole el pelo. “Pero ni me callé entonces ni me voy a callar ahora” dijo, casi con fiereza. “Por eso vengo todos los años, para gritar lo que quiero gritar”.

Vivimos en un país que se cae a pedazos, pero a veces escuchas cosas así y te das cuenta de que en él todavía hay gentes grandes. Por eso, yo también volveré todos los años.

Palabras para el recuerdo

20 Mar

El de hoy es un post bastante personal y “yo-yo-yo”, aviso, así que si a alguien no le interesa demasiado mi vida (aunque creo que un poco sí, porque básicamente me siguen amigos xD), puede retirarse ahora.

Estos últimos días me he acordado bastante de dos consejos que recibí en ciertas ocasiones. Me los dieron dos amigos distintos, en momentos distintos y en circunstancias diferentes.

1.) El primero (y cito todo lo textualmente que me permite mi memoria): “Virginia, no puedes estar siempre tan estresada por temas académicos y agobiarte tanto pensando en el futuro. Seguro que la Virgy de primer curso, que era bastante más despreocupada, te daría un par de guantazos”. Vaya si lo habría hecho, y me habrían estado muy bien merecidos unas cuantas veces xD. Pero también le agradezco a la Virginia agobiada y preocupada que haya existido, porque me ha cubierto muy bien las espaldas con un buen expediente que me viene de lujo, ahora que me están volviendo las flojeras. En definitiva: me ha costado, pero creo que por fin he encontrado el saludable término medio (que no es otra cosa que poner en práctica lo que siempre he pensado y he sabido). Y reflexionándolo, creo que la clave está en que, por fin, ya he dejado de sentirme tan presionada.

2.) El segundo consejo, o más bien, afirmación tajante: “Virginia, cuando te des cuenta de toda la gente que existe… vas a flipar”. Esto me lo dijo una persona que sé que pasa por aquí de vez en cuando y que puede que en estos momentos arrastre una resaca interesante, consecuencia de haber pasado el día de San Patricio en Irlanda. Así que sólo quería decirle: sí, Mario, tenías razón. Estoy flipando mucho, pero muchísimo. ¡Y estoy encantada de hacerlo, la verdad! 🙂 (Por cierto,  ya quedaremos para que me cuentes tus aventuras en tierras irlandesas, maldito viajero xD).

Este fin de semana ha hecho tan buen tiempo… Se ha empezado a colar la primavera. Y en unos días entrará de forma oficial,  en unos pocos más pondremos por fin el horario de verano (¡el bueno!) y seguiremos hacia delante, como siempre. Y para coronar la ráfaga de buen humor y optimismo, dejo una cancioncilla.