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Adiós, 2012

28 Dic

estrella recortadaEn 2006 (qué barbaridad, cómo pasa el tiempo), justo en mi primer año de carrera, conocí en mi residencia universitaria a una chica a la que llamaremos B por conservar su anonimato, que no tengo ni idea de si le hará gracia aparecer en este blog mío. A pesar de no caernos muy bien al principio (hecho que disimulamos con mucha elegancia y que nos confesamos a los años), con el tiempo nos hicimos buenas amigas e incluso acabamos compartiendo piso.

Y a lo largo de los años…

…hemos hecho numerosos viajes.

…hemos redactado apuntes a cuatro manos de casi todas las asignaturas de la carrera.

…hemos compartido fiestas, jolgorios y confidencias.

…hemos tenido pequeñas discusiones por las labores domésticas.

…hemos comido cantidades ingentes de chocolate, palomitas y porquerías varias.

…hemos ido al cine casi de incógnito a ver películas de las que nos avergonzamos pero a las que no estamos dispuestas a renunciar.

…hemos llorado juntas en el cine y también cada una por su lado, cuando tocaba (creo que sobre todo yo, que siempre he sido más llorona). Y la otra siempre ha estado al pie del cañón para consolar.

…nos hemos asistido mutuamente en situaciones médicas, emergencias o no: acompañamiento en análisis de sangre, curas de heridas, viajes de urgencia al hospital. Incluso en hechos que al final no eran tan preocupantes como creíamos (“mira… no te asustes, pero creo que estás vomitando sangre”) ¬¬.

…hemos compartido lecturas, hemos arreglado el mundo con nuestras charlas, hemos aprendido de otros y después hemos tratado de transmitir esas enseñanzas.

…hemos esperado con auténtica ansiedad resoluciones del Ministerio.

…nos hemos reído hasta que se nos han saltado las lágrimas por las cosas más absurdas…

…y así podría seguir y seguir.

Y esta entrada, que probablemente será con la que despida este año 2012, se la quiero dedicar a mi amiga B porque no sé si dentro de poco tendré que despedirla a ella también. El camino que hemos escogido, el investigador, es un camino duro y arduo(*), y cuando se presentan buenas oportunidades hay que ir tras ellas. A ella se le ha presentado una en otra ciudad y ha probado suerte: pronto sabremos el resultado. Y aunque por supuesto que la echaré muchísimo de menos si finalmente se va, le deseo todo lo mejor. ¿Cómo podría no hacerlo? Es que a ver, con ella vi el último capítulo de Lost, sólo eso debería daros una idea de lo muy importante que ha sido -y es- B. Y también sabemos ambas que como finalmente Ian Somerhalder haga el papel de Christian Grey (soy consciente de que las visitas de este blog van a aumentar mucho después de escribir estos dos nombres, mejor para mí) correremos a reunirnos en la ciudad que sea para ir al cine, con el cuello de la gabardina subido para que nadie nos reconozca y a pesar de todo lo que hemos despotricado de los libros.

Pero suceda lo que suceda, sé que le irá bien.

Y te irá bien porque eres brillante, trabajadora y tendrás éxito allí donde vayas.

Millones de gracias por los años universitarios, esos que dicen que son los mejores y que sin ti no hubieran sido lo mismo. Y por muchísimas cosas buenas de mi vida que llegaron de tu mano.

Sabes que tienes casa en Almería, Granada y en cualquier lugar en el que haya un techo sobre mi cabeza.

Mucha, muchísima suerte. Todos tus amigos estamos cruzando los dedos, pero a la vez estamos convencidos de que sabrás sacarle partido a la situación final, sea la que sea.

Y feliz año 2013, claro. Y que venga cargado de éxitos para todos los que empezamos.

EDITO:  B me acaba de llamar para contarme que le han dicho que sí!! Ay, tengo mucha pena, pero a la vez me alegro un montón… Pero no voy a decir adiós, es un HASTA LUEGO =)

lab

(*) Y vaya que no, el tema de lo bien que nos hubiera ido si en primero de carrera nos hubiéramos buscado a un chavalillo apañado con farmacia también ha sido una conversación recurrente entre nosotras -en parte en broma, en parte en serio-, sobre todo en los momentos de mayor desesperación, tirones de pelo y caos y destrucción. Pero es que nosotras somos muy vocacionales, oye.

Despidiéndonos del año

30 Dic

Creo que estas viñetas de Mafalda expresan magistralmente el sentir general respecto al año nuevo que se avecina:

Mafalda es atemporal y sus tiras siguen plenamente vigentes en la actualidad, pero a veces me gustaría que Quino la resucitara. Sin duda, tendría muchísimo que decir acerca de la situación que estamos viviendo a nivel mundial. Porque con la que está cayendo…

En fin, que tengáis un magnífico 2012 todos =)

El día que perdí la inocencia

19 Dic

Hoy abro el post con una pregunta. ¿Vosotros recordáis exactamente cuándo dejásteis de creer en el ratoncito Pérez, los Reyes Magos y esas tiernas ridiculeces?

Yo no sé si soy rara, pero no lo recuerdo, a pesar de que siempre nos refiramos a ello como el no va más  de los traumas infantiles y el que marca casi el fin de la infancia. Además, tampoco hubo una conversación con mis progenitores ni preguntas incómodas hacia ellos. Conociéndome como me conozco, supongo que las cosas fueron más o menos así:

1. Razonándolo, me di cuenta de que los Reyes Magos no podían existir (eso debió ser así porque yo soy mucho de racionalizar, y además tampoco recuerdo al típico compañero de cole cabroncete que te abre los ojos a la dura realidad).

2. Pensé en cómo lo iba a gestionar y me dieron penilla mis padres, que seguían tan emocionados pensando que yo creía en los Reyes. Hubiera sido una crueldad quitarles la ilusión, no me digáis que no.

3. Toma de la decisión menos dura: fingir durante unos años más que sí creía y de paso vivir del cuento un tiempecillo.

(Ay, si es que yo era un encanto de pequeña…).

Sin embargo, lo que nunca se me olvidará, mi trauma navideño por antonomasia, lo peor de lo peor, tuvo lugar apenas hace un par de años. Y fue tan horrible, que juré que nunca más volvería a creer en nada…

Para contar esta escalofriante historia, os pongo en antecedentes. Cuando era pequeña, todos los años veía la Cabalgata de Reyes con mis padres desde el balcón de una tía mía,  que vivía en un primero en una calle muy céntrica (ahora que lo pienso, ni que fuéramos aristócratas, parecía que no queríamos mezclarnos con la plebe o algo…). En aquellos felices años, mi hermano aún estaba en la mente del señor (por lo menos al principio, después hizo su aparición estelar y también nos lo llevábamos) y mi primo Rubén, que me lleva 4 años, se venía siempre con nosotros (estábamos siempre juntos, parecía un hijo más de mis padres). Y el muy cabrito me sacaba rabia porque a él le ponían los regalos en su casa la noche del 5, al volver de la cabalgata, y yo me tenía que esperar hasta la mañana siguiente. Yo tenía un chaquetón de pelo blanco súper calentito, que me encantaba porque me parecía regio a tope. Si localizo una foto, hasta puede que edite la entrada con ella…

Como éstos.

Bueno, pues el caso es que nos juntábamos en el balcón de mi tía miles de personas: tíos, primos, amigos de mis padres con sus hijos… Y COGÍAMOS MILLONES DE CARAMELOS. De verdad, era una cosa bestial, nos poníamos a chillarles a las carrozas como descosidos y a vacilar a los pajes cosa mala (“¡¡a que no llegáis, pringaos!!”) y ellos, con toda su mala hostia, nos tiraban caramelazos con una fuerza inusitada. Con tanta, que a veces hasta atravesaban los caramelos la terraza y llegaban a entrar en la casa; y todos los años alguno de los primos pequeños acababa llorando porque le habían acertado de lleno en la mollera (además, entonces los caramelos eran de los duros, que molaban más). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que después venía mi madre o una de mis tías a organizarnos para que cada niño nos lleváramos exactamente la misma cantidad a casa (“¡¡Venga!! Dándole la vuelta a los bolsillos ya mismo, que los pequeños han cogido menos y eso no puede ser… Hale, todos los caramelos encima de la mesa. Tú, vacíate ese bolsillo interior también, que te he visto, te crees muy listillo… Y ahora, ya que hemos reunido todos, dividimos en partes iguales.”). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que nos duraban hasta febrero. Cogíamos tantísimos caramelos, que mi padre y mis tíos se reservaban un puñado para tirárselos con saña a los pajes y para intentar encestar alguno en el trombón de la banda, cuando pasaba al final. Y se descojonaban, aunque yo creo que nuestro balcón era el más odiado de la calle… Total, que la Cabalgata de Reyes constituye uno de los recuerdos más preciados de mi infancia.

Luego empecé a ir con mis amigos y a verla a pie de calle, como las personas. Y me desilusioné bastante porque cogía muchos menos caramelos que antes, a pesar de luchar a muerte contra niños pequeños, los padres de esos niños y sus abuelos, que son los peores. Apenas dos puñaditos y encima, como ahora son blandos, casi que te los vas comiendo de camino a casa con el ansia y cuando llegas ya no te queda ninguno.

Pues hace dos años, llegué de la cabalgata indignadísima y empecé a darle la murga a mi madre, que me esperaba en casa con el brasero:

– ¡¡¡¡Seis caramelos!!!!! Seis caramelos, tú te crees (ten, te he guardado dos). Vamos, hombre. Hace falta tener poca vergüenza. Por falta de presupuesto, dicen que es. Pues será, porque somos la provincia donde menos kilos tiran, que son unos miserables, pero también les gusta mucho a los concejales quedarse sacos enteros y repartírselos luego a sus hijos y a sus amiguetes, porque de esas toneladas que decían que iban a tirar, te digo yo que no han tirado ni la mitad…

– Virginia…

– …y que sí, vale que el Ayuntamiento no tenga dinero para caramelos. Pero es que nos toman por tontos, que después los de Cultura en comidas y cenas no recortan. Claro, en caramelos y en visitas nocturnas a la Alcazaba, que cada verano hay menos, pues en eso sí. Pero no, en sus cosas, en eso no. Hace falta ser sinvergüenza y caradura…

– Virginia, creo que deberías relaj…

– … y por lo menos ahora el séquito del rey Baltasar sí es negro de verdad, que me parecía de risa y de vergüenza que salieran cantamañanas con las caras pintadas… Ahora, que me pregunto si les pagarán a esa pobre gente, y cuánto. Que seguro que lo que hacen es abusar de los inmigrantes y darles una miseria. Mira, no vuelvo a ir otro año, porque para volver cabreada… ¡CON TODOS LOS CARAMELOS QUE COGÍAMOS EN EL BALCÓN CUANDO ERA PEQUEÑA; ES INCREÍBLE!

Y entonces mi madre, que llevaba un rato intentando meter baza sin éxito, me miró con los ojos y la boca muy abiertos y acto seguido empezó a retorcerse de risa en el sofá, ante mi incomprensión.

Cuando se calmó y pudo hablar, me confesó que lo que hacían todos los años era comprar un montón de caramelos y, cuando los pajes tiraban hacia nuestro balcón, los adultos disimuladamente tiraban puñados en la terraza sin que nos diéramos cuenta. Lo solapaban tan bien y nosotros estábamos tan emocionados, que ni nos coscábamos. “Pero vamos a ver… ¿tú te crees que tenía lógica que al final cogiéramos bolsones y bolsones de caramelos? ¡Pero si como mucho llegaban dos o tres a la terraza, desde la Cabalgata! Parece mentira, venir a enterarte ahora, al cabo de los años… yo creía que lo sabías desde hacía muchísimo tiempo”. Y en este punto mi madre se volvió a desternillar, todavía sin creerse mucho que tenía un hija tan parda y tan graciosa.

Pues no, no lo sabía. Y ese es mi mayor trauma de todos los tiempos, el de echar por tierra una creencia que mantuve hasta los 20-21 años. Manda huevos.

P.S. A pesar de todo, sigo teniéndole simpatía a los Reyes Magos; son unos tíos legales. De hecho, son los únicos reyes a los que les tengo simpatía; por mí todos los demás podían desaparecer, pero de verdad. Y, a pesar del disgusto, no he faltado a la cabalgata ningún año y sigo teniendo épicos combates con la gente que intenta apoderarse de mis caramelos.

P.S.2. Al día siguiente, vino a casa mi primo Rubén y a mi madre le faltó tiempo para decirle “Mira de lo que se ha venido a enterar tu prima ahora…” Y cuando vio que Rubén ponía exactamente la misma cara que yo la noche anterior, volvió a quedarse boquiabierta y, acto seguido, a carcajearse abiertamente. Somos unos pobres incomprendidos.