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El grado justo de humedad

9 Abr

Vivo en Granada desde hace ya unos diez años y los dioses saben que adoro esta ciudad. No me importaría acabar aquí mis días, sigo teniendo a un paso la ciudad donde empecé a vivirlos y, entretanto, es un placer gastarlos aquí. Pero.

Siempre hay un pero, por ínfimo que sea.

Por haber visto la luz en una ciudad costera, y haber vivido allí hasta la edad adulta, hay cierta característica atmosférica que inevitablemente encuentro a faltar en este lugar. La humedad en el aire, una cosa tan pequeña pero que parece mentira que se pueda notar tanto, especialmente cuando regreso tras pasar un tiempo en Almería. El pelo, la piel, todas las mucosas de mi cuerpo. Despertarme varias veces en medio de la noche para beber agua, y calmar así la quemazón de la garganta. Al cabo de unos días el organismo se acostumbra y todo vuelve a normalizarse, pero hay una parte de mi cuerpo que, con testarudez extrema, se niega a adaptarse: las manos.

Siempre secas, los nudillos en invierno entre rojos y violáceos. Más de una vez, incluso este año, que apenas ha hecho frío, se me han abierto esas pequeñas bocas que sangran y que escuecen tanto, los sabañones. Sucede cuando la piel se reseca tanto que no da para más, deja de ser elástica y se rinde. Y, mientras tanto, yo probando una crema detrás de otra sólo para descubrir que nada sirve.

Hasta que la semana pasada adquirí una nueva en la farmacia, de avena y urea. Y el efecto ha sido tan sorprendente que lo único que he podido hacer ha sido cerrar los ojos y archivarlo en mi colección de recuerdos de perfecta felicidad doméstica. Y dar las gracias mentalmente a los compañeros farmacéuticos que mezclaron en las proporciones perfectas agua, urea, glicerina y un puñadito de excipientes destinados a crear consuelo y confort para mis pobres manos castigadas. Algo que parece tan tonto, que no es ni por asomo tan espectacular como curar de verdad a alguien, pero que únicamente pueden hacer personas de mi gremio y que también es necesario. Así que, como digo, hoy he sentido agradecimiento hacia mi profesión por devolverme una serie de cosas que no son básicas pero que hacen la vida más agradable. El tacto, la caricia y la memoria de mi ciudad junto al mar.