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Comunicación anacrónica

17 Ene

Supongamos que estáis en vuestro cuarto tranquilamente, estudiando, escuchando música, leyendo o lo que sea… cuando de pronto, por la cara, se declara un incendio espontáneo. Todos nuestros efectos personales van a quedar carbonizados, reducidos a cenizas, todo perdido. Tras años y años de magníficos simulacros de incendio en el cole/instituto (jaja) hemos aprendido que debemos abandonar el edificio de inmediato, sin coger NADA material. Aún así, decidimos violar las normas de seguridad: vamos a arriesgarnos a coger una sola cosa de nuestro cuarto antes de salir por patas. Algo muy querido, que nos dolería especialmente perder para siempre. ¿Cuál sería vuestra elección?

El otro día se me ocurrió pensar en esta absurdez y yo enseguida lo tuve claro: un libro con pinta de incunable que tengo en mi estantería, que en realidad es una caja. Bueno, y una carpetita que hay pegada a él, de forma que podría coger las dos cosas con el mismo movimiento 😛

En esa caja, aparte de varios papeles que conservo por motivos puramente sentimentales (la mayoría son entradas a monumentos, conciertos, exposiciones…), guardo aproximadamente una veintena de cartas. En la carpeta, unos cuantos folios en los que he ido volcando cavilaciones tan personales que ni siquiera tienen cabida en este blog, ni creo que le interesaran a nadie tampoco.

Como se desprende de lo anterior, siempre me ha gustado escribir, ya sea para mí o para otros. Especialmente a otros. Y en todos los formatos: email, sms, mensaje privado vía tuenti o facebook… y cartas. Sí, cartas. Correo postal de toda la vida, vaya.

Es verdad que la comunicación por esta vía se emplea cada vez menos por una serie de inconvenientes: el principal, el tiempo. Es mucho, muchísimo más rápido escribir un correo o hacer una llamada telefónica. Escribir una carta requiere sentarte un ratito, y esmerarte en la caligrafía… porque, por supuesto, las cartas siempre deben escribirse a mano y más si son personales (si yo recibiera una carta de este tipo escrita a ordenador, lo consideraría un poco una falta de respeto, la verdad). Requiere también acercarse al estanco y comprar un sobre y un sello. Por último, buscar un buzón: no siempre hay uno tan cerca como nos gustaría. Ah, y queda el hecho de que una carta no tiene la inmediatez de un correo o una llamada telefónica: dependiendo de las ciudades de origen y destino tardará en llegar uno, dos… o equis días.

Yo nunca las he usado como vía de comunicación principal, pero siempre me han encantado como complemento. Mi carta más lejana ha viajado hasta Stavanger, Noruega; la más cercana, a unas cuantas calles detrás de mi casa en Almería (tan cerquita, que directamente la eché yo misma al buzón de su destinatario). Entre medias Málaga, Granada, Madrid, Ciudad Real…

Reconozco también que soy bastante fetichista de la correspondencia postal, lo que se traduce en cumplir con una serie de detalles y pequeños rituales. Para escribir, prefiero usar pilot negro de tinta líquida. Aunque no es absolutamente necesario, me gustan mucho más las cartas en las que finalmente añado una postdata, aunque sea para decir una bobada. El doblez de los folios tiene que ser lo más perfecto posible. Los sobres autoadhesivos que venden en los estancos son mucho más fáciles de abrir para la persona que los recibe… pero a veces elijo uno de color o ésos en los que la solapa es triangular. Estos se suelen cerrar con saliva y vale, será todo lo antihigiénico que queráis, pero uno de los pequeños placeres de la vida es pasar la lengua por la goma de un sobre para cerrarlo. Ídem con los sellos, pero estos ya sí que son todos autoadhesivos y no hay que chuparlos (frustración por mi parte). Y finalmente… ¡el lacre! Ya de pequeña hice mis pinitos con él, aunque nunca lo usé para cerrar cartas: le pedí a mi madre que me comprara uno simplemente para saber cómo funcionaba aquello (y recuerdo un día de susto máximo en el que el fuego se me fue de las manos y casi quemo mi cuarto. Menos mal que tenía el baño cerca y pude llevar-aún no sé cómo-el papel en llamas hasta el lavabo). Pues para rizar el rizo, en el interrail que hice este verano por Portugal me compré un sello para lacre con mi inicial, en una tienda de antigüedades preciosa. Y ahora lo estampo a la más mínima ocasión, aunque en estos casos sí que es imprescindible un sobre de solapa triangular para que el resultado quede bonito.

Recibir cartas no se parece en nada a recibir mensajes virtuales. Encontrarte el sobre esperándote en el buzón, la calidez del papel, la letra de la otra persona… Todo cuenta. Y para mí, además, tiene un valor añadido: la absoluta privacidad. No es lo mismo que escribir en facebook o por correo electrónico, que a saber cuántos años se queda eso dando vueltas por la red. Con la correspondencia postal, sin embargo (por lo menos en este país), escribes carta-cierras sobre-el destinatario abre y lee. Y ni dios se entera de lo que has escrito ahí, exceptuando al destinatario.

¿Y vosotros, habéis escrito- u os han escrito- alguna carta? ¿Las consideráis una inutilidad en pleno siglo XXI? 😉