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El grado justo de humedad

9 Abr

Vivo en Granada desde hace ya unos diez años y los dioses saben que adoro esta ciudad. No me importaría acabar aquí mis días, sigo teniendo a un paso la ciudad donde empecé a vivirlos y, entretanto, es un placer gastarlos aquí. Pero.

Siempre hay un pero, por ínfimo que sea.

Por haber visto la luz en una ciudad costera, y haber vivido allí hasta la edad adulta, hay cierta característica atmosférica que inevitablemente encuentro a faltar en este lugar. La humedad en el aire, una cosa tan pequeña pero que parece mentira que se pueda notar tanto, especialmente cuando regreso tras pasar un tiempo en Almería. El pelo, la piel, todas las mucosas de mi cuerpo. Despertarme varias veces en medio de la noche para beber agua, y calmar así la quemazón de la garganta. Al cabo de unos días el organismo se acostumbra y todo vuelve a normalizarse, pero hay una parte de mi cuerpo que, con testarudez extrema, se niega a adaptarse: las manos.

Siempre secas, los nudillos en invierno entre rojos y violáceos. Más de una vez, incluso este año, que apenas ha hecho frío, se me han abierto esas pequeñas bocas que sangran y que escuecen tanto, los sabañones. Sucede cuando la piel se reseca tanto que no da para más, deja de ser elástica y se rinde. Y, mientras tanto, yo probando una crema detrás de otra sólo para descubrir que nada sirve.

Hasta que la semana pasada adquirí una nueva en la farmacia, de avena y urea. Y el efecto ha sido tan sorprendente que lo único que he podido hacer ha sido cerrar los ojos y archivarlo en mi colección de recuerdos de perfecta felicidad doméstica. Y dar las gracias mentalmente a los compañeros farmacéuticos que mezclaron en las proporciones perfectas agua, urea, glicerina y un puñadito de excipientes destinados a crear consuelo y confort para mis pobres manos castigadas. Algo que parece tan tonto, que no es ni por asomo tan espectacular como curar de verdad a alguien, pero que únicamente pueden hacer personas de mi gremio y que también es necesario. Así que, como digo, hoy he sentido agradecimiento hacia mi profesión por devolverme una serie de cosas que no son básicas pero que hacen la vida más agradable. El tacto, la caricia y la memoria de mi ciudad junto al mar.

Cremitas y afeites

20 May

cremaTodavía no sé muy bien por qué acepté cuando en la farmacia me ofrecieron hacerme una limpieza facial gratis, con lo perezosa que he sido siempre para estas cosas. Me pillaría floja, supongo. El caso es que dije que sí, me dieron cita y ahora mismo acabo de llegar a casa después de pasar por manos de la esteticista, o lo que sea. Ha sido una de las experiencias más surrealistas de mi vida.

Llego, paso a la rebotica y la buena mujer me recibe. Mientras me da dos besos me pregunta mi nombre y al decírselo se le ilumina la cara “¡Anda! Mi hija también se llama Virginia”. Luego, mientras me tumbo en la camilla, me pregunta mi edad y se sorprende, me dice que parezco cuatro o cinco años menor. Toda la vida me ha pasado lo mismo, pero ahora me empieza a gustar la equivocación, así que perfecto. Hasta este momento, todavía me caía medio bien.

– Y cuéntame, ¿por qué te pusieron Virginia? Por tu edad, me estoy imaginando que por lo mismo que yo se lo puse a mi hija: cuando yo era joven daban una telenovela que me encantaba y la protagonista se llamaba así.

– No, en mi caso es un nombre familiar. Mi bisabuela se llamaba Virginia, y ya vamos por la cuarta o quinta generación, creo.

– ¿Ah, sí? ¿Y no sabes que es malísimo repetir nombres en la familia? ¿Has oído hablar de la biodescodificación?

– No.

– Pues si te interesa, búscalo.

–…

Vale, señora. Mira que me temía que era una chorrada de las buenas, pero soy curiosa y no he podido evitar buscarlo (supongo que por eso me dedico a la investigación). El InMundo, ese medio de reconocido rigor periodístico, me da por fin las claves. Oh, cielos. Mis peores temores se confirman: soy una hoja vieja, estoy viviendo un destino que no me pertenece. No obstante, logro sobreponerme a la terrible conmoción y seguimos hablando:

– ¿Quieres que te ponga una mascarilla? Te iría genial, son sólo 4,90€.

– No.

He bajado a la farmacia jurándome que no iba a dejar que me vendieran nada, y ahora no acepto por dos motivos: por principios y porque por 4,90€ me puedo tomar una caña con su correspondiente tapa y un helado, que seguro que me sientan muchísimo mejor. A la señora, de todas formas, no le ha debido hacer mucha gracia mi respuesta, porque empieza a tirarme pullitas:

“Ya tienes una edad como para empezar a cuidarte la piel en serio”.

“Mira qué flácida la tienes (mientras me tira de los mofletes). Es una pena, está muy envejecida y te echa años encima.” Sí, fíjate si debe ser así que al conocerme has pensado que era más joven de lo que soy, desequilibrada.

– ¿Qué crema utilizas?

– Una hidratante, normal –que me echo de higos a brevas, cuando me acuerdo o cuando me noto la piel muy tirante, pero eso no se lo voy a decir.

– Sí, ¿pero cuál? ¿De qué casa?

– …una del Mercadona.

– ¡Del Mercadona! – está horrorizada, creo que me va a echar a la calle – Pero al menos te desmaquillarás todos los días, ¿no? ¿Utilizas tónico? Eso es muy importante.

Le aseguro que cuando me maquillo, lo que ocurre raras veces, sí. Me callo que el desmaquillante y el tónico también son de Mercadona, porque me da miedo que antes de echarme a la calle me tire de la camilla y me escupa cuando esté en el suelo.

“Bueno, Virginia, pues cuando empieces a cuidarte la piel en condiciones tendrás una piel en condiciones” (y no como ahora, que da asco).

– ¿Y cuándo fue tu última limpieza?

– Ehh… ¿nunca?

Se queda mirándome seria, muy seria… y al final me contesta:

– ¿NUNCA? ¿Y tú quieres estar guapa y tener una piel radiante? (porque no lo estás consiguiendo, querida).

En fin, es una suerte que no sea mi objetivo principal en esta vida, ¿eh?

Por último, me aprieta un aparato que emite pitidos (parecido a un bolígrafo) contra distintos puntos de la cara. Lee el numerito que sale en la pantalla y me da el diagnóstico: tengo la piel FA-TAL, como ya sabíamos, y todo por mi culpa, por no ser una señorita y no cuidármela como se debe. Sin embargo, también hay buenas noticias para mí: a pesar de lo que la maltrato, mi piel también es muy agradecida y aún estoy a tiempo de desacelerar el inexorable proceso que me llevará a la senectud prematura y me condenará a la invisibilidad por no ser bella. Sólo tengo que aplicarme frecuentemente una crema que me recomienda, de una conocida casa comercial:

– Si quieres te puedo decir el precio, seguro que no es mucho más cara que esa que te echas tú, que es como si tiraras el dinero. ¿Qué te cuesta, diez euros?

– Seis.

–… ¿Y de verdad te crees que una crema de seis euros es efectiva? –está muy seria otra vez.

Pues mira, aquí le doy la razón: no, no creo que una crema de seis euros sea la maravilla de las maravillas. Pero tampoco una de veinte. De hecho, no creo que se diferencien una cosa loca: es la ventaja de ser farmacéutica y haber realizado tus propias cremas en el laboratorio de galénica, que te vuelves bastante escéptica con los productos milagro y de belleza en general. Pero eso tampoco se lo digo, que todavía me voy a mi casa apaleada. Así que le doy las gracias por su tiempo y sus consejos, y me marcho.

Y quitando lo gracioso, la verdad es que me voy preocupada. ¿En qué tipo de sociedad vivimos, que nos obliga a las mujeres a mantenernos jóvenes y guapas y nos recrimina si no lo hacemos? ¿En qué momento hemos empezado a normalizar esta presión, incluso por parte de otras mujeres? ¿No sería más lógico que entre nosotras nos cuidáramos y nos defendiéramos? Por suerte a mí estas situaciones siempre me han resbalado bastante, pero ¿cómo de angustiadas saldrán otras chicas después de esta limpieza “gratuita”?

Y es importante cuidarse la piel, claro que sí, por salud y bienestar. Pero cuando empieza a rayar en la obsesión por “estar guapa y radiante”, tenemos un problema. O al menos a mí me lo parece.