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Belleza literaria

8 Jul

A veces leo novelas que me gustan, me entretienen e incluso con las que aprendo. Paso buenos ratos con ellas y no les pido más, me satisfacen y de vez en cuando hasta las recomiendo, si me parece que merecen la pena.

Pero en ocasiones, como ahora, leo algún libro de Antonio Muñoz Molina. Y ay. Cómo cambia todo, cómo disfruto, cómo me acarician las palabras. ¿Cómo puede estar tan bien escrito? ¿Cómo he podido vivir hasta ahora sin leer esto? Esas son sólo dos de las muchas incógnitas que pasan por mi cabeza durante la lectura. Cuando acabo me quedo siempre un poco desmadejada, como con pena por bajar de nuevo a la realidad que sin embargo está muy presente en sus novelas. Y si fumara, sería ese justo el momento en el que encendería un cigarro y me lo fumaría sin prisas, exhalando el humo despacio mientras pienso en lo que acaba de ocurrir en mi mente.

La derrota está muy presente en sus escritos, pero narrada siempre con delicadeza, como si nos estuviera acunando con ella.  A mí, no sé por qué, siempre me evoca la siguiente sensación: estás viajando en un tren nocturno, luchando por contener las lágrimas, y de repente el desconocido del asiento de al lado, sin decir nada y sin mirarte casi, te ofrece un pañuelo desechable. Entonces finalmente te rompes en llanto, mezclando el motivo primigenio con la hermosura del gesto, un extraño que no te conoce y sin embargo tiene la humanidad de darte un pañuelo casi a escondidas, sin preguntas, para no avergonzarte. La situación no ha mejorado, pero te sientes absurdamente reconfortado. Y quién sabe, puede ser ese acto mínimo el que te dé fuerzas para levantarte con un nuevo ímpetu al llegar a la estación de destino.

El libro que estoy leyendo ahora, Sefarad, está lleno de pequeñas joyas que hablan de pérdida, pero también de insumisión, de esa cierta rebeldía necesaria para levantarnos. Me parece un regalo, esa o cualquiera de sus novelas, y quería compartirlo aquí por si acaso alguno de mis escasos lectores aún no se ha atrevido con nada suyo, aunque dudo que no sea así.

(Y sigo dando gracias por no fumar. Desde mi posición de no fumadora, casi llegué a echar de menos tener a mano incontables cigarrillos e innumerables vasos de ginebra mientras leía El invierno en Lisboa).

night train

Cremitas y afeites

20 May

cremaTodavía no sé muy bien por qué acepté cuando en la farmacia me ofrecieron hacerme una limpieza facial gratis, con lo perezosa que he sido siempre para estas cosas. Me pillaría floja, supongo. El caso es que dije que sí, me dieron cita y ahora mismo acabo de llegar a casa después de pasar por manos de la esteticista, o lo que sea. Ha sido una de las experiencias más surrealistas de mi vida.

Llego, paso a la rebotica y la buena mujer me recibe. Mientras me da dos besos me pregunta mi nombre y al decírselo se le ilumina la cara “¡Anda! Mi hija también se llama Virginia”. Luego, mientras me tumbo en la camilla, me pregunta mi edad y se sorprende, me dice que parezco cuatro o cinco años menor. Toda la vida me ha pasado lo mismo, pero ahora me empieza a gustar la equivocación, así que perfecto. Hasta este momento, todavía me caía medio bien.

– Y cuéntame, ¿por qué te pusieron Virginia? Por tu edad, me estoy imaginando que por lo mismo que yo se lo puse a mi hija: cuando yo era joven daban una telenovela que me encantaba y la protagonista se llamaba así.

– No, en mi caso es un nombre familiar. Mi bisabuela se llamaba Virginia, y ya vamos por la cuarta o quinta generación, creo.

– ¿Ah, sí? ¿Y no sabes que es malísimo repetir nombres en la familia? ¿Has oído hablar de la biodescodificación?

– No.

– Pues si te interesa, búscalo.

–…

Vale, señora. Mira que me temía que era una chorrada de las buenas, pero soy curiosa y no he podido evitar buscarlo (supongo que por eso me dedico a la investigación). El InMundo, ese medio de reconocido rigor periodístico, me da por fin las claves. Oh, cielos. Mis peores temores se confirman: soy una hoja vieja, estoy viviendo un destino que no me pertenece. No obstante, logro sobreponerme a la terrible conmoción y seguimos hablando:

– ¿Quieres que te ponga una mascarilla? Te iría genial, son sólo 4,90€.

– No.

He bajado a la farmacia jurándome que no iba a dejar que me vendieran nada, y ahora no acepto por dos motivos: por principios y porque por 4,90€ me puedo tomar una caña con su correspondiente tapa y un helado, que seguro que me sientan muchísimo mejor. A la señora, de todas formas, no le ha debido hacer mucha gracia mi respuesta, porque empieza a tirarme pullitas:

“Ya tienes una edad como para empezar a cuidarte la piel en serio”.

“Mira qué flácida la tienes (mientras me tira de los mofletes). Es una pena, está muy envejecida y te echa años encima.” Sí, fíjate si debe ser así que al conocerme has pensado que era más joven de lo que soy, desequilibrada.

– ¿Qué crema utilizas?

– Una hidratante, normal –que me echo de higos a brevas, cuando me acuerdo o cuando me noto la piel muy tirante, pero eso no se lo voy a decir.

– Sí, ¿pero cuál? ¿De qué casa?

– …una del Mercadona.

– ¡Del Mercadona! – está horrorizada, creo que me va a echar a la calle – Pero al menos te desmaquillarás todos los días, ¿no? ¿Utilizas tónico? Eso es muy importante.

Le aseguro que cuando me maquillo, lo que ocurre raras veces, sí. Me callo que el desmaquillante y el tónico también son de Mercadona, porque me da miedo que antes de echarme a la calle me tire de la camilla y me escupa cuando esté en el suelo.

“Bueno, Virginia, pues cuando empieces a cuidarte la piel en condiciones tendrás una piel en condiciones” (y no como ahora, que da asco).

– ¿Y cuándo fue tu última limpieza?

– Ehh… ¿nunca?

Se queda mirándome seria, muy seria… y al final me contesta:

– ¿NUNCA? ¿Y tú quieres estar guapa y tener una piel radiante? (porque no lo estás consiguiendo, querida).

En fin, es una suerte que no sea mi objetivo principal en esta vida, ¿eh?

Por último, me aprieta un aparato que emite pitidos (parecido a un bolígrafo) contra distintos puntos de la cara. Lee el numerito que sale en la pantalla y me da el diagnóstico: tengo la piel FA-TAL, como ya sabíamos, y todo por mi culpa, por no ser una señorita y no cuidármela como se debe. Sin embargo, también hay buenas noticias para mí: a pesar de lo que la maltrato, mi piel también es muy agradecida y aún estoy a tiempo de desacelerar el inexorable proceso que me llevará a la senectud prematura y me condenará a la invisibilidad por no ser bella. Sólo tengo que aplicarme frecuentemente una crema que me recomienda, de una conocida casa comercial:

– Si quieres te puedo decir el precio, seguro que no es mucho más cara que esa que te echas tú, que es como si tiraras el dinero. ¿Qué te cuesta, diez euros?

– Seis.

–… ¿Y de verdad te crees que una crema de seis euros es efectiva? –está muy seria otra vez.

Pues mira, aquí le doy la razón: no, no creo que una crema de seis euros sea la maravilla de las maravillas. Pero tampoco una de veinte. De hecho, no creo que se diferencien una cosa loca: es la ventaja de ser farmacéutica y haber realizado tus propias cremas en el laboratorio de galénica, que te vuelves bastante escéptica con los productos milagro y de belleza en general. Pero eso tampoco se lo digo, que todavía me voy a mi casa apaleada. Así que le doy las gracias por su tiempo y sus consejos, y me marcho.

Y quitando lo gracioso, la verdad es que me voy preocupada. ¿En qué tipo de sociedad vivimos, que nos obliga a las mujeres a mantenernos jóvenes y guapas y nos recrimina si no lo hacemos? ¿En qué momento hemos empezado a normalizar esta presión, incluso por parte de otras mujeres? ¿No sería más lógico que entre nosotras nos cuidáramos y nos defendiéramos? Por suerte a mí estas situaciones siempre me han resbalado bastante, pero ¿cómo de angustiadas saldrán otras chicas después de esta limpieza “gratuita”?

Y es importante cuidarse la piel, claro que sí, por salud y bienestar. Pero cuando empieza a rayar en la obsesión por “estar guapa y radiante”, tenemos un problema. O al menos a mí me lo parece.