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Las minas de oro de Granada

19 Oct

Esta mañana he estado con Mario de mini-excursión en la antigua mina de oro romana de Granada. Está muy cerquita de la ciudad, entre la Alhambra y Cenes de la Vega.

La caminata ha sido agradable, charlando sobre lo divino y lo humano mientras divisábamos a lo lejos la ligera neblina que cubría hoy la sierra y que no nos ha permitido ver el paisaje en su totalidad. La única parte peliaguda ha sido la ascensión de un tramo que no llegaría a los 200 metros de longitud pero que juro que estaba casi en vertical. La verdad es que no estaba pensado como camino, creemos que era una especie de cortafuegos o similar, pero allá que hemos ido nosotros. Me he tenido que parar como 4 ó 5 ocasiones y sentarme cada vez. Porque yo no tengo vértigo, pero hoy debía de tener el día un poco tonto y cada vez que me paraba tenía la sensación de que iba a salir rodando pendiente abajo. Me he acordado mucho de mi padre. Siempre que le contaba que había hecho alguna excursión, tipo Vereda de la Estrella, me decía que tendría que federarme para tener un seguro por si me pasaba algo en el monte, y yo siempre le contestaba que era un exagerado, que tampoco me pasaba la vida haciendo senderismo y que cuando lo hacía siempre era en sitios fáciles, aptos para familias. Hoy por poco me tengo que comer mis palabras, pero afortunadamente no ha habido que lamentar ningún percance 😛

Luego hemos llegado a la parte de la mina, que es impresionante. El paisaje, erosionado y lleno de galerías, crea la ilusión de estar en otro planeta. Un plus ha sido que Mario me ha ido contando la historia de su explotación, desde los romanos hasta los franceses. No hemos hecho fotos, pero podéis ver algunas muy bonitas aquí y de paso leer un poco sobre el tema.

Para almorzar hemos tomado un cuscús riquísimo que había hecho Mario, sentados a la sombra de unos pinos. Me ha encantado el día. Y la culpa la tienen el susodicho, Granada y sus paisajes y el sol de mediados de octubre. Así que gracias =)

La Alhambra, 4 años después

20 May

El miércoles pasado estuve en la Alhambra: habían pasado 4 años desde mi última visita. Cuando llegué a esta ciudad, me hice una promesa: mientras viva en Granada, tengo que recorrer la Alhambra de tanto en tanto. Y es un sitio que me gusta tanto que no debería ser nada difícil de cumplir; pero desde la última vez ha pasado mucho tiempo y en ese tiempo han ocurrido muchas cosas.

La última vez que fui estaba a las puertas de mi andadura farmacéutica, en 2º de carrera. Hacía unos meses que había entregado un herbario confeccionado con primor en la asignatura de botánica, bregaba para recuperar la fisicoquímica de primero y creía que el final de la licenciatura estaba lejísimos. Hoy, después de hacer mis pinitos investigadores en el departamento de Microbiología y decidir que aquello del biodiesel no era lo mío, me encuentro arrimada al de Salud Pública, contentísima, acabando el máster y deseando tener la suerte de que una beca FPU me vincule formalmente. Pero antes de llegar hasta aquí hice las prácticas de fin de carrera, que para mí fueron un acontecimiento importante porque me reconciliaron con el mundo de la oficina de farmacia. Siempre había pensado que no quería eso bajo ningún concepto, pero al hacerlas descubrí que me encanta el contacto con la gente. Espero quedarme en la universidad, pero si finalmente eso no fuera posible sé que tengo otra puerta abierta que también me haría feliz, y eso es una suerte.

Las cosas para la gente que conozco también han cambiado mucho. Una chica estupenda, a la que no veo tanto que me gustaría, empezaba su residencia en aquella época y desde hace pocos días ya es una flamante médico de familia. Varios de mis compañeros de farmacia empiezan el FIR ahora. Mi hermano, que era un micaco, está a punto de entrar en la universidad (ánimo, Pablito). Tras algún Erasmus que otro, casi todos mis amigos han acabado sus respectivas carreras o están a punto. En lo que a amores se refiere, ha habido rupturas y creación de nuevas parejas, así como situaciones un poco más indefinibles. Algún amigo ha llegado hasta el Congreso. Otro se acaba de independizar, y lo primero que hizo en cuanto estuvo instalado fue invitarnos a merendar y poner su casa a nuestra disposición si lo necesitábamos, haciendo gala de esa generosidad enorme que le caracteriza. Creo que en general la vida no nos ha tratado del todo mal (por lo menos aún), y en los tiempos que corren eso también es una suerte.

Y es que, si hablamos de los tiempos que corren, el mundo también ha cambiado mucho desde entonces. Hace 4 años no eran muchos los que estaban familiarizados con eso de la prima de riesgo y las agencias de calificación, yo desde luego no. Evidentemente lo que tenemos encima no es una suerte, pero si nos empeñamos en ver algo positivo nos encontramos con la cantidad de gente que ha ido tomando conciencia, “despertando” y diciendo “basta” a lo largo de este tiempo. Algo que hacía falta, sin duda.

Por cierto que otra cosa buena del discurrir del tiempo son las personas nuevas que trae, o aquellas a las que te permite redescubrir. Son personas que te abren las puertas de su casa en la playa. Que discuten contigo apasionadamente sobre cualquier tema y te enriquecen. Que te convencen para hacer submarinismo con bombona, algo que no hubiera salido de ti en la vida. Que amplían tus conocimientos de cine. Que te enseñan a ser una buena epidemióloga. Que se prestan a que les saques sangre. Que en dos días organizan contigo un interrail y allá que os vais. Que te organizan rutas albayzineras en las que no dejas de aprender. Que te acompañan a exposiciones, a los comedores, a manifestaciones y a cualquier sitio. También a la Alhambra.

De todos los cambios buenos y malos de estos años, me quedo con la cantidad y calidad de la gente que quiero y que me quiere, nuevos y antiguos. Porque haciendo balance, en todos estos años no ha disminuido ni un poquito. Y eso, creo, es la mayor suerte de todas.

Mientras tanto, ajena a los cambios, la Alhambra permanece en su sitio inmutable y hermosa. Me pregunto qué cosas nuevas habrán sucedido en mi vida la próxima vez que camine por sus palacios y jardines.