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Los mordiscos a la memoria

1 Feb

caña pescarEl pasado 27 de diciembre, justo tres meses después que mi padre, falleció mi abuelo. La enfermedad lo tenía ya tan deteriorado que, aunque sea duro escribirlo, supuso un cierto alivio. Al menos nos ha quedado el consuelo de que estuvimos con él hasta el final, como siempre lo hemos estado.

Los días previos a que se fuera, con todo el estrés y el esfuerzo por sobrevivir a la pequeña rutina de los hospitales, me di cuenta de a lo largo de estos años el Alzheimer no sólo ha ido devorando la memoria de mi abuelo con sus dientes y garras, sino también la mía. Parecía que siempre estuvo postrado y dependiente, haciendo -inintencionadamente- que toda la familia tuviera que ir a su ritmo, girando alrededor y eliminando la posibilidad de cualquier salida improvisada a tomar algo, de cualquier viaje espontáneo de fin de semana.

Y fui olvidando al hombre que me llevaba al colegio todas las mañanas. Al que inventaba cuentos para mí sobre la marcha (“Don Pimpón y el huerto de las lechugas”, uno de mis favoritos y que tampoco recuerdo ya). A una de las personas que más me ha enseñado a querer a los animales. Al que me arreglaba todos los juguetes que se me rompían e incluso me fabricaba otros nuevos de madera, latón o lo que se terciara (“mi abuelo es muy habilidoso” decía mi primo Rubén con media lengua a sus dos o tres años). Al apicultor que susurraba a las abejas y las cogía en sus manos con ternura, sin que le picaran nunca, incluso aquellas que no lo conocían por no ser de sus colmenas. El hombre que escribía con faltas de ortografía porque dejó muy pronto el colegio, pero a cambio tenía una caligrafía preciosa (“de ministro”, decía su mujer) y jamás se equivocaba en las cuatro reglas matemáticas. El que jamás dejó de votar en unas elecciones aunque le pillaran con gripe y ochenta y tantos años, “porque bastante tiempo nos tuvieron callados esos fascistas”, en palabras textuales suyas (y peores improperios que no quedarían bien  en este laudatio). El hombre que ganó innumerables trofeos de pesca, incluido el de campeón nacional, pero siempre desde tierra y devolviendo al mar los peces a los que el anzuelo no había dañado, porque le daban mucha pena. El que me enseñó a jugar a las cartas y el que era feliz comiendo un tomate abierto con mucha sal y un vaso de vino (en invierno, pacharán). El que hace casi treinta años dejó de fumar de golpe en cuanto se lo dijo el médico, y según mi abuela estuvo ocho días “con la cara como un perro”. El hombre sencillo, en fin, que siempre estuvo a nuestro lado y que contribuyó a que a sus nietos nunca nos faltara de nada.

 Y ahora que poco a poco nos estamos recuperando del cansancio que arrastrábamos, porque esa enfermedad maldita acaba por desgastar a la familia, sólo puedo desear que, antes de irse, mi abuelo me perdonase el Alzheimer que he tenido yo también. Y que supiera que siempre ha sido el mejor abuelo del mundo y que siempre lo he querido.

Reincidimos

18 Oct

Hace un par de días me di una vuelta por aquí después de muchos meses de ausencia. Para mi sorpresa, descubrí que tenía comentarios nuevos (en realidad, la mayoría bastante antiguos, pero nuevos para mí al fin y al cabo). Un amigo incitándome a volver, otra persona que me contaba un hecho curioso en la entrada del monumento a los Coloraos, e incluso una chica cuyas aportaciones fueron “hay que matar a las lagartijas” y “tengo pánico a las lagartijas” en otra entrada aleatoria (Johnny, la gente está muy loca).

Luego miré el blogroll y me entró cierta ternura al volver a franquear el umbral del espacio de mis amigos. Por cierto que varios blogs ya no existen, otros muchos quedaron congelados hace un año o dos y una digna minoría sigue resistiendo. Compruebo con asombro que otro ha vuelto recientemente, tras un período de hibernación. En cualquier caso urge actualizar los enlaces. Elimino con pena los que ya no están operativos, añado otros y me niego a borrar a los que duermen. Quizás algún día despierten.

Mi blog nunca fue la caña, pero era un espacio por el que de vez en cuando se pasaba gente y donde a veces surgía la comunicación. Y que me ha hecho pasar muy buenos ratos, y eso ya es bastante. Volver a husmear por aquí me hizo sentir como volver a estar en casa.

Así que… aquí estamos de nuevo.

No sé por cuánto tiempo. No sé sobre lo que me apetecerá escribir. Sí sé que si ya antes tenía poco feedback, aún en la temporada en la que a todos nos dio por los blogs, ahora voy a tener incluso menos. Pero qué más da. Vuelvo.

Y qué mejor imagen para hacerlo que ésta que recupero y que tiene unos cuantos años (que me perdonen los implicados). También era otoño y precisamente también volvíamos a casa después de una larga marcha.

Bienvenidos otra vez a este rincón.

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La Alhambra, 4 años después

20 May

El miércoles pasado estuve en la Alhambra: habían pasado 4 años desde mi última visita. Cuando llegué a esta ciudad, me hice una promesa: mientras viva en Granada, tengo que recorrer la Alhambra de tanto en tanto. Y es un sitio que me gusta tanto que no debería ser nada difícil de cumplir; pero desde la última vez ha pasado mucho tiempo y en ese tiempo han ocurrido muchas cosas.

La última vez que fui estaba a las puertas de mi andadura farmacéutica, en 2º de carrera. Hacía unos meses que había entregado un herbario confeccionado con primor en la asignatura de botánica, bregaba para recuperar la fisicoquímica de primero y creía que el final de la licenciatura estaba lejísimos. Hoy, después de hacer mis pinitos investigadores en el departamento de Microbiología y decidir que aquello del biodiesel no era lo mío, me encuentro arrimada al de Salud Pública, contentísima, acabando el máster y deseando tener la suerte de que una beca FPU me vincule formalmente. Pero antes de llegar hasta aquí hice las prácticas de fin de carrera, que para mí fueron un acontecimiento importante porque me reconciliaron con el mundo de la oficina de farmacia. Siempre había pensado que no quería eso bajo ningún concepto, pero al hacerlas descubrí que me encanta el contacto con la gente. Espero quedarme en la universidad, pero si finalmente eso no fuera posible sé que tengo otra puerta abierta que también me haría feliz, y eso es una suerte.

Las cosas para la gente que conozco también han cambiado mucho. Una chica estupenda, a la que no veo tanto que me gustaría, empezaba su residencia en aquella época y desde hace pocos días ya es una flamante médico de familia. Varios de mis compañeros de farmacia empiezan el FIR ahora. Mi hermano, que era un micaco, está a punto de entrar en la universidad (ánimo, Pablito). Tras algún Erasmus que otro, casi todos mis amigos han acabado sus respectivas carreras o están a punto. En lo que a amores se refiere, ha habido rupturas y creación de nuevas parejas, así como situaciones un poco más indefinibles. Algún amigo ha llegado hasta el Congreso. Otro se acaba de independizar, y lo primero que hizo en cuanto estuvo instalado fue invitarnos a merendar y poner su casa a nuestra disposición si lo necesitábamos, haciendo gala de esa generosidad enorme que le caracteriza. Creo que en general la vida no nos ha tratado del todo mal (por lo menos aún), y en los tiempos que corren eso también es una suerte.

Y es que, si hablamos de los tiempos que corren, el mundo también ha cambiado mucho desde entonces. Hace 4 años no eran muchos los que estaban familiarizados con eso de la prima de riesgo y las agencias de calificación, yo desde luego no. Evidentemente lo que tenemos encima no es una suerte, pero si nos empeñamos en ver algo positivo nos encontramos con la cantidad de gente que ha ido tomando conciencia, “despertando” y diciendo “basta” a lo largo de este tiempo. Algo que hacía falta, sin duda.

Por cierto que otra cosa buena del discurrir del tiempo son las personas nuevas que trae, o aquellas a las que te permite redescubrir. Son personas que te abren las puertas de su casa en la playa. Que discuten contigo apasionadamente sobre cualquier tema y te enriquecen. Que te convencen para hacer submarinismo con bombona, algo que no hubiera salido de ti en la vida. Que amplían tus conocimientos de cine. Que te enseñan a ser una buena epidemióloga. Que se prestan a que les saques sangre. Que en dos días organizan contigo un interrail y allá que os vais. Que te organizan rutas albayzineras en las que no dejas de aprender. Que te acompañan a exposiciones, a los comedores, a manifestaciones y a cualquier sitio. También a la Alhambra.

De todos los cambios buenos y malos de estos años, me quedo con la cantidad y calidad de la gente que quiero y que me quiere, nuevos y antiguos. Porque haciendo balance, en todos estos años no ha disminuido ni un poquito. Y eso, creo, es la mayor suerte de todas.

Mientras tanto, ajena a los cambios, la Alhambra permanece en su sitio inmutable y hermosa. Me pregunto qué cosas nuevas habrán sucedido en mi vida la próxima vez que camine por sus palacios y jardines.

Sobre plantujas

7 Oct

Cuando era pequeña (hace una década o incluso más tiempo), un amigo de la familia me regaló un cactus pequeñito con forma de palmera, que se había traído de un viaje a Canarias. La plantita, que venía en un tiestecillo de esos de broma (por lo ridículo de su tamaño), con los años empezó a crecer salvajemente y tuvo que ser trasplantada innumerables veces, hasta llegar al macetón que ocupa ahora, por el momento. Actualmente ya es casi de mi altura, y en esta época del año es cuando comienzan a salirle nuevas hojas y a formarse troncos nuevos. Cuando le da la gana, le salen flores amarillas, que acaban convirtiéndose en unas pelusas blancas con la semilla al final.

La susodicha

Total, que cumple todos los requisitos para considerarse “planta favorita de Virginia”: vistosa, bonita (a lo mejor no estáis de acuerdo, pero a mí me gusta y punto) y, sobre todo, fuerte como ella sola (tirando a inmortal). Ya te puedes olvidar de que existe durante temporadas, que no se seca (pocas cosas me deprimen más en este mundo que el que se me mueran las plantas, me hace sentirme una asesina).

Hará 2 ó 3 años, empecé a intentar que se reprodujera para llevarme una hijita suya a Granada. Pregunté al amigo que me la había regalado y me dijo que plantara las semillas esas de los pelos blancos, que era el modo idóneo, aunque no se acordaba de la época. Bien.  Planté las semillas en primavera, por si acaso. Las planté en invierno. En verano. En otoño. Las planté directamente recogidas de la planta materna, y también probé a plantarlas esperando un poco para que les salieran raicillas. Todas las tentativas acabaron exactamente igual: con una servidora mirando un tiesto con tierra durante dos semanas. Y encima, con fe (“pues parece que ahí ya a lo mejor asoma algo…”). Así soy yo: inasequible al desaliento y con un entusiasmo a prueba de bombas.

En fin, que acogiéndome al empirismo más elemental acabé decidiendo que igual el cactus no se reproducía por semillas, sino por esquejes. Pero claro, me daba pena mutilarle un brazo para hacer un ensayo de los míos, especialmente teniendo en cuenta el porcentaje de fracasos (100%. Superadlo, si podéis). Afortunadamente y cuando ya estaba asumiendo que mi planta jamás tendría descendencia, mi madre descubrió un lugar donde crecen hermanas suyas. Un jardín particular que pertenece a una farmacia, cosas de la vida. No diré exactamente cual por si la farmacéutica descubre el hurto, aunque no creo, porque me parece que tiene los cactus más descuidados que yo, que ya es decir. Crecen completamente salvajes.

Porque el resto ya os lo estáis imaginando. Con nocturnidad y alevosía, armada con unas tijeras y con una bolsa para guardar mi botín, me presenté allí de noche en compañía de mi madre, tan motivada como yo. Creo que somos un pelín peliculeras y que lo exageramos un poco (podíamos haberle pedido un par de esquejes a la farmacéutica y DE DÍA, como las personas normales; casi seguro que nos hubiera dicho que sí), pero la incursión tuvo su emoción, la verdad. Y además, hasta me sentía un poco justiciera: yo, una farmacéutica sin farmacia ni posibilidades de ponerla (ni ganas, en honor a la verdad) metiendo mano en el excesivo patrimonio de una colega más afortunada. Tenía todo el sentido del mundo, no me digáis xD.

Conclusión: esta vez he tenido éxito. Los palmerillas crecen a ojos vista varios centímetros de un día para otro, han echado hojas… Orgullosísima estoy de mis retoños, vaya. En breve me traeré uno a Granada, a ver si le doy color a mi terraza. Y mi planta grande, indemne.

Por cierto, lo que jamás he llegado a saber es el nombre del cactus, y mira que he buscado en internet y en distintas guías botánicas.  Si alguna vez llegáis a saberlo, acordaos de mí y decídmelo. A cambio, os puedo regalar uno xD

Comienzo

26 Sep

Después de crear este blog hará cosa de un par de semanas, me decido hoy a escribir la primera entrada. Ya iba siendo hora…

Ayer llegué a Granada, con las pilas cargadas para empezar el curso el lunes. Quizás no sea casualidad que haya empezado a escribir precisamente hoy, porque en Almería, en mi “residencia familiar” (por emplear las mismas palabras que la beca del ministerio), no es fácil encontrar un ratito. Sobre todo teniendo en cuenta que sólo dispongo de internet en un ordenador de mesa y compartido. Aquí sin embargo cuento con la privacidad y la comodidad de mi portátil.

Respecto al título del blog, “Gatos y lagartijas”, tiene una cierta explicación: usé la técnica de poner lo primero que me vino a la cabeza. Como bien sabe quien me conoce, soy una apasionada de los gatos, pero aún no sé bien de dónde salieron las lagartijas. Puede que escribiendo de vez en cuando lo descubra… En cualquier caso, es la misma filosofía que quiero seguir en el blog: escribir sobre lo que me apetezca, y hacer caso a las ráfagas de inspiración que me golpeen. Aunque a veces no tengan mucho sentido.