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Otoño

27 Sep

otoñoIba a escribir que no me gusta el otoño, pero no es cierto.

Siempre me ha gustado el fresquito que empieza a dejarse sentir, por más que sólo unos meses después ya esté echando de menos el verano. Otoño es entrar en las librerías a curiosear las novedades literarias y a comprar libros de texto, impregnándose la pituitaria con su particular olor a papel crujiente, novísimo. Es también el aroma a lluvia mojando las hojas secas que comienzan a alfombrar el suelo, el gusto de volver a abrigarse el cuello y de refugiarse del frío en una sala de cine calentita y oscura. Es mancharse las manos de carbón, irremediablemente, al comer un cucurucho de castañas por la calle. Rondar de vez en cuando por el teatro, deseando que este año representen Don Juan Tenorio en la ciudad el día de difuntos. Y los colores cálidos, un torbellino de rojos, naranjas y amarillos.

El otoño, a despecho de su imagen de naturaleza moribunda, es una perfecta metáfora de nuevos comienzos. Sólo que para mí, para nosotros, hace ya un año que representa el fin de todas las cosas. Quizás algún día nos reconciliemos con él, pero de momento el año, y la vida tal cual la conocíamos, acaba cada 27 de septiembre.

Adiós, 2012

28 Dic

estrella recortadaEn 2006 (qué barbaridad, cómo pasa el tiempo), justo en mi primer año de carrera, conocí en mi residencia universitaria a una chica a la que llamaremos B por conservar su anonimato, que no tengo ni idea de si le hará gracia aparecer en este blog mío. A pesar de no caernos muy bien al principio (hecho que disimulamos con mucha elegancia y que nos confesamos a los años), con el tiempo nos hicimos buenas amigas e incluso acabamos compartiendo piso.

Y a lo largo de los años…

…hemos hecho numerosos viajes.

…hemos redactado apuntes a cuatro manos de casi todas las asignaturas de la carrera.

…hemos compartido fiestas, jolgorios y confidencias.

…hemos tenido pequeñas discusiones por las labores domésticas.

…hemos comido cantidades ingentes de chocolate, palomitas y porquerías varias.

…hemos ido al cine casi de incógnito a ver películas de las que nos avergonzamos pero a las que no estamos dispuestas a renunciar.

…hemos llorado juntas en el cine y también cada una por su lado, cuando tocaba (creo que sobre todo yo, que siempre he sido más llorona). Y la otra siempre ha estado al pie del cañón para consolar.

…nos hemos asistido mutuamente en situaciones médicas, emergencias o no: acompañamiento en análisis de sangre, curas de heridas, viajes de urgencia al hospital. Incluso en hechos que al final no eran tan preocupantes como creíamos (“mira… no te asustes, pero creo que estás vomitando sangre”) ¬¬.

…hemos compartido lecturas, hemos arreglado el mundo con nuestras charlas, hemos aprendido de otros y después hemos tratado de transmitir esas enseñanzas.

…hemos esperado con auténtica ansiedad resoluciones del Ministerio.

…nos hemos reído hasta que se nos han saltado las lágrimas por las cosas más absurdas…

…y así podría seguir y seguir.

Y esta entrada, que probablemente será con la que despida este año 2012, se la quiero dedicar a mi amiga B porque no sé si dentro de poco tendré que despedirla a ella también. El camino que hemos escogido, el investigador, es un camino duro y arduo(*), y cuando se presentan buenas oportunidades hay que ir tras ellas. A ella se le ha presentado una en otra ciudad y ha probado suerte: pronto sabremos el resultado. Y aunque por supuesto que la echaré muchísimo de menos si finalmente se va, le deseo todo lo mejor. ¿Cómo podría no hacerlo? Es que a ver, con ella vi el último capítulo de Lost, sólo eso debería daros una idea de lo muy importante que ha sido -y es- B. Y también sabemos ambas que como finalmente Ian Somerhalder haga el papel de Christian Grey (soy consciente de que las visitas de este blog van a aumentar mucho después de escribir estos dos nombres, mejor para mí) correremos a reunirnos en la ciudad que sea para ir al cine, con el cuello de la gabardina subido para que nadie nos reconozca y a pesar de todo lo que hemos despotricado de los libros.

Pero suceda lo que suceda, sé que le irá bien.

Y te irá bien porque eres brillante, trabajadora y tendrás éxito allí donde vayas.

Millones de gracias por los años universitarios, esos que dicen que son los mejores y que sin ti no hubieran sido lo mismo. Y por muchísimas cosas buenas de mi vida que llegaron de tu mano.

Sabes que tienes casa en Almería, Granada y en cualquier lugar en el que haya un techo sobre mi cabeza.

Mucha, muchísima suerte. Todos tus amigos estamos cruzando los dedos, pero a la vez estamos convencidos de que sabrás sacarle partido a la situación final, sea la que sea.

Y feliz año 2013, claro. Y que venga cargado de éxitos para todos los que empezamos.

EDITO:  B me acaba de llamar para contarme que le han dicho que sí!! Ay, tengo mucha pena, pero a la vez me alegro un montón… Pero no voy a decir adiós, es un HASTA LUEGO =)

lab

(*) Y vaya que no, el tema de lo bien que nos hubiera ido si en primero de carrera nos hubiéramos buscado a un chavalillo apañado con farmacia también ha sido una conversación recurrente entre nosotras -en parte en broma, en parte en serio-, sobre todo en los momentos de mayor desesperación, tirones de pelo y caos y destrucción. Pero es que nosotras somos muy vocacionales, oye.

Comunicación anacrónica

17 Ene

Supongamos que estáis en vuestro cuarto tranquilamente, estudiando, escuchando música, leyendo o lo que sea… cuando de pronto, por la cara, se declara un incendio espontáneo. Todos nuestros efectos personales van a quedar carbonizados, reducidos a cenizas, todo perdido. Tras años y años de magníficos simulacros de incendio en el cole/instituto (jaja) hemos aprendido que debemos abandonar el edificio de inmediato, sin coger NADA material. Aún así, decidimos violar las normas de seguridad: vamos a arriesgarnos a coger una sola cosa de nuestro cuarto antes de salir por patas. Algo muy querido, que nos dolería especialmente perder para siempre. ¿Cuál sería vuestra elección?

El otro día se me ocurrió pensar en esta absurdez y yo enseguida lo tuve claro: un libro con pinta de incunable que tengo en mi estantería, que en realidad es una caja. Bueno, y una carpetita que hay pegada a él, de forma que podría coger las dos cosas con el mismo movimiento 😛

En esa caja, aparte de varios papeles que conservo por motivos puramente sentimentales (la mayoría son entradas a monumentos, conciertos, exposiciones…), guardo aproximadamente una veintena de cartas. En la carpeta, unos cuantos folios en los que he ido volcando cavilaciones tan personales que ni siquiera tienen cabida en este blog, ni creo que le interesaran a nadie tampoco.

Como se desprende de lo anterior, siempre me ha gustado escribir, ya sea para mí o para otros. Especialmente a otros. Y en todos los formatos: email, sms, mensaje privado vía tuenti o facebook… y cartas. Sí, cartas. Correo postal de toda la vida, vaya.

Es verdad que la comunicación por esta vía se emplea cada vez menos por una serie de inconvenientes: el principal, el tiempo. Es mucho, muchísimo más rápido escribir un correo o hacer una llamada telefónica. Escribir una carta requiere sentarte un ratito, y esmerarte en la caligrafía… porque, por supuesto, las cartas siempre deben escribirse a mano y más si son personales (si yo recibiera una carta de este tipo escrita a ordenador, lo consideraría un poco una falta de respeto, la verdad). Requiere también acercarse al estanco y comprar un sobre y un sello. Por último, buscar un buzón: no siempre hay uno tan cerca como nos gustaría. Ah, y queda el hecho de que una carta no tiene la inmediatez de un correo o una llamada telefónica: dependiendo de las ciudades de origen y destino tardará en llegar uno, dos… o equis días.

Yo nunca las he usado como vía de comunicación principal, pero siempre me han encantado como complemento. Mi carta más lejana ha viajado hasta Stavanger, Noruega; la más cercana, a unas cuantas calles detrás de mi casa en Almería (tan cerquita, que directamente la eché yo misma al buzón de su destinatario). Entre medias Málaga, Granada, Madrid, Ciudad Real…

Reconozco también que soy bastante fetichista de la correspondencia postal, lo que se traduce en cumplir con una serie de detalles y pequeños rituales. Para escribir, prefiero usar pilot negro de tinta líquida. Aunque no es absolutamente necesario, me gustan mucho más las cartas en las que finalmente añado una postdata, aunque sea para decir una bobada. El doblez de los folios tiene que ser lo más perfecto posible. Los sobres autoadhesivos que venden en los estancos son mucho más fáciles de abrir para la persona que los recibe… pero a veces elijo uno de color o ésos en los que la solapa es triangular. Estos se suelen cerrar con saliva y vale, será todo lo antihigiénico que queráis, pero uno de los pequeños placeres de la vida es pasar la lengua por la goma de un sobre para cerrarlo. Ídem con los sellos, pero estos ya sí que son todos autoadhesivos y no hay que chuparlos (frustración por mi parte). Y finalmente… ¡el lacre! Ya de pequeña hice mis pinitos con él, aunque nunca lo usé para cerrar cartas: le pedí a mi madre que me comprara uno simplemente para saber cómo funcionaba aquello (y recuerdo un día de susto máximo en el que el fuego se me fue de las manos y casi quemo mi cuarto. Menos mal que tenía el baño cerca y pude llevar-aún no sé cómo-el papel en llamas hasta el lavabo). Pues para rizar el rizo, en el interrail que hice este verano por Portugal me compré un sello para lacre con mi inicial, en una tienda de antigüedades preciosa. Y ahora lo estampo a la más mínima ocasión, aunque en estos casos sí que es imprescindible un sobre de solapa triangular para que el resultado quede bonito.

Recibir cartas no se parece en nada a recibir mensajes virtuales. Encontrarte el sobre esperándote en el buzón, la calidez del papel, la letra de la otra persona… Todo cuenta. Y para mí, además, tiene un valor añadido: la absoluta privacidad. No es lo mismo que escribir en facebook o por correo electrónico, que a saber cuántos años se queda eso dando vueltas por la red. Con la correspondencia postal, sin embargo (por lo menos en este país), escribes carta-cierras sobre-el destinatario abre y lee. Y ni dios se entera de lo que has escrito ahí, exceptuando al destinatario.

¿Y vosotros, habéis escrito- u os han escrito- alguna carta? ¿Las consideráis una inutilidad en pleno siglo XXI? 😉

El día que perdí la inocencia

19 Dic

Hoy abro el post con una pregunta. ¿Vosotros recordáis exactamente cuándo dejásteis de creer en el ratoncito Pérez, los Reyes Magos y esas tiernas ridiculeces?

Yo no sé si soy rara, pero no lo recuerdo, a pesar de que siempre nos refiramos a ello como el no va más  de los traumas infantiles y el que marca casi el fin de la infancia. Además, tampoco hubo una conversación con mis progenitores ni preguntas incómodas hacia ellos. Conociéndome como me conozco, supongo que las cosas fueron más o menos así:

1. Razonándolo, me di cuenta de que los Reyes Magos no podían existir (eso debió ser así porque yo soy mucho de racionalizar, y además tampoco recuerdo al típico compañero de cole cabroncete que te abre los ojos a la dura realidad).

2. Pensé en cómo lo iba a gestionar y me dieron penilla mis padres, que seguían tan emocionados pensando que yo creía en los Reyes. Hubiera sido una crueldad quitarles la ilusión, no me digáis que no.

3. Toma de la decisión menos dura: fingir durante unos años más que sí creía y de paso vivir del cuento un tiempecillo.

(Ay, si es que yo era un encanto de pequeña…).

Sin embargo, lo que nunca se me olvidará, mi trauma navideño por antonomasia, lo peor de lo peor, tuvo lugar apenas hace un par de años. Y fue tan horrible, que juré que nunca más volvería a creer en nada…

Para contar esta escalofriante historia, os pongo en antecedentes. Cuando era pequeña, todos los años veía la Cabalgata de Reyes con mis padres desde el balcón de una tía mía,  que vivía en un primero en una calle muy céntrica (ahora que lo pienso, ni que fuéramos aristócratas, parecía que no queríamos mezclarnos con la plebe o algo…). En aquellos felices años, mi hermano aún estaba en la mente del señor (por lo menos al principio, después hizo su aparición estelar y también nos lo llevábamos) y mi primo Rubén, que me lleva 4 años, se venía siempre con nosotros (estábamos siempre juntos, parecía un hijo más de mis padres). Y el muy cabrito me sacaba rabia porque a él le ponían los regalos en su casa la noche del 5, al volver de la cabalgata, y yo me tenía que esperar hasta la mañana siguiente. Yo tenía un chaquetón de pelo blanco súper calentito, que me encantaba porque me parecía regio a tope. Si localizo una foto, hasta puede que edite la entrada con ella…

Como éstos.

Bueno, pues el caso es que nos juntábamos en el balcón de mi tía miles de personas: tíos, primos, amigos de mis padres con sus hijos… Y COGÍAMOS MILLONES DE CARAMELOS. De verdad, era una cosa bestial, nos poníamos a chillarles a las carrozas como descosidos y a vacilar a los pajes cosa mala (“¡¡a que no llegáis, pringaos!!”) y ellos, con toda su mala hostia, nos tiraban caramelazos con una fuerza inusitada. Con tanta, que a veces hasta atravesaban los caramelos la terraza y llegaban a entrar en la casa; y todos los años alguno de los primos pequeños acababa llorando porque le habían acertado de lleno en la mollera (además, entonces los caramelos eran de los duros, que molaban más). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que después venía mi madre o una de mis tías a organizarnos para que cada niño nos lleváramos exactamente la misma cantidad a casa (“¡¡Venga!! Dándole la vuelta a los bolsillos ya mismo, que los pequeños han cogido menos y eso no puede ser… Hale, todos los caramelos encima de la mesa. Tú, vacíate ese bolsillo interior también, que te he visto, te crees muy listillo… Y ahora, ya que hemos reunido todos, dividimos en partes iguales.”). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que nos duraban hasta febrero. Cogíamos tantísimos caramelos, que mi padre y mis tíos se reservaban un puñado para tirárselos con saña a los pajes y para intentar encestar alguno en el trombón de la banda, cuando pasaba al final. Y se descojonaban, aunque yo creo que nuestro balcón era el más odiado de la calle… Total, que la Cabalgata de Reyes constituye uno de los recuerdos más preciados de mi infancia.

Luego empecé a ir con mis amigos y a verla a pie de calle, como las personas. Y me desilusioné bastante porque cogía muchos menos caramelos que antes, a pesar de luchar a muerte contra niños pequeños, los padres de esos niños y sus abuelos, que son los peores. Apenas dos puñaditos y encima, como ahora son blandos, casi que te los vas comiendo de camino a casa con el ansia y cuando llegas ya no te queda ninguno.

Pues hace dos años, llegué de la cabalgata indignadísima y empecé a darle la murga a mi madre, que me esperaba en casa con el brasero:

– ¡¡¡¡Seis caramelos!!!!! Seis caramelos, tú te crees (ten, te he guardado dos). Vamos, hombre. Hace falta tener poca vergüenza. Por falta de presupuesto, dicen que es. Pues será, porque somos la provincia donde menos kilos tiran, que son unos miserables, pero también les gusta mucho a los concejales quedarse sacos enteros y repartírselos luego a sus hijos y a sus amiguetes, porque de esas toneladas que decían que iban a tirar, te digo yo que no han tirado ni la mitad…

– Virginia…

– …y que sí, vale que el Ayuntamiento no tenga dinero para caramelos. Pero es que nos toman por tontos, que después los de Cultura en comidas y cenas no recortan. Claro, en caramelos y en visitas nocturnas a la Alcazaba, que cada verano hay menos, pues en eso sí. Pero no, en sus cosas, en eso no. Hace falta ser sinvergüenza y caradura…

– Virginia, creo que deberías relaj…

– … y por lo menos ahora el séquito del rey Baltasar sí es negro de verdad, que me parecía de risa y de vergüenza que salieran cantamañanas con las caras pintadas… Ahora, que me pregunto si les pagarán a esa pobre gente, y cuánto. Que seguro que lo que hacen es abusar de los inmigrantes y darles una miseria. Mira, no vuelvo a ir otro año, porque para volver cabreada… ¡CON TODOS LOS CARAMELOS QUE COGÍAMOS EN EL BALCÓN CUANDO ERA PEQUEÑA; ES INCREÍBLE!

Y entonces mi madre, que llevaba un rato intentando meter baza sin éxito, me miró con los ojos y la boca muy abiertos y acto seguido empezó a retorcerse de risa en el sofá, ante mi incomprensión.

Cuando se calmó y pudo hablar, me confesó que lo que hacían todos los años era comprar un montón de caramelos y, cuando los pajes tiraban hacia nuestro balcón, los adultos disimuladamente tiraban puñados en la terraza sin que nos diéramos cuenta. Lo solapaban tan bien y nosotros estábamos tan emocionados, que ni nos coscábamos. “Pero vamos a ver… ¿tú te crees que tenía lógica que al final cogiéramos bolsones y bolsones de caramelos? ¡Pero si como mucho llegaban dos o tres a la terraza, desde la Cabalgata! Parece mentira, venir a enterarte ahora, al cabo de los años… yo creía que lo sabías desde hacía muchísimo tiempo”. Y en este punto mi madre se volvió a desternillar, todavía sin creerse mucho que tenía un hija tan parda y tan graciosa.

Pues no, no lo sabía. Y ese es mi mayor trauma de todos los tiempos, el de echar por tierra una creencia que mantuve hasta los 20-21 años. Manda huevos.

P.S. A pesar de todo, sigo teniéndole simpatía a los Reyes Magos; son unos tíos legales. De hecho, son los únicos reyes a los que les tengo simpatía; por mí todos los demás podían desaparecer, pero de verdad. Y, a pesar del disgusto, no he faltado a la cabalgata ningún año y sigo teniendo épicos combates con la gente que intenta apoderarse de mis caramelos.

P.S.2. Al día siguiente, vino a casa mi primo Rubén y a mi madre le faltó tiempo para decirle “Mira de lo que se ha venido a enterar tu prima ahora…” Y cuando vio que Rubén ponía exactamente la misma cara que yo la noche anterior, volvió a quedarse boquiabierta y, acto seguido, a carcajearse abiertamente. Somos unos pobres incomprendidos.

Resaca electoral

22 Nov

El día de ayer, 20N (elecciones generalísimas, que decía un amigo), lo pasé íntegro en el colegio electoral como apoderada de IU (por segunda vez; me estrené en las municipales). Como ya es tarde y aún arrastro cansancio, sólo voy  a dar unas breves pinceladas sobre un día que dio para mucho.

Lo mejor: sin dudarlo, y como siempre, la gente. Y eso engloba:

– A mis compañeros apoderados de IU, con los que echaba ratitos de charla cuando la cosa estaba tranquila. Personas magníficas todas, de esas que te enriquecen cuando hablas con ellas.

– Bueno, los apoderados de otros partidos también fueron majos ayer, todo hay que decirlo (no queráis saber algunos energúmenos con los que coincidí en mayo¬¬).

– Mis amigos, que me fueron buscando por los distintos colegios por donde estuve, votaran allí o no, para llevarme víveres y hacerme compañía durante algunos momentos. Hubo incluso valientes que se quedaron al escrutinio y así acabaron de ver todo el proceso democrático. Gracias.

– Algunas personas que tras votar me guiñaban un ojo, o directamente se acercaban y me daban la mano, mientras decían “a ver si tenemos suerte, yo ya he puesto mi granito de arena”.

– Por supuesto, los 11 escaños de IU, toda una alegría. Y particularmente contenta por Alberto Garzón, buen amigo que dará mucha caña en el Congreso y hará que nos sintamos orgullosos. Estoy segura.

Lo peor:

– La pena y la rabia al ver a mucha gente colaborando y defendiendo a saco a unos partidos que no van a dar la cara por ellos. Nunca lo han hecho. Y creo que ya hemos tenido bastantes evidencias, pero hay personas muy “ultras”.

– El cansancio. Aunque mereció la pena, cuando dieron las diez ya estaba reventada, y aún faltaba mucho para acabar. Y eso que sólo tuve que llevar a la sede de IU las actas del Congreso y no tuve que esperar por las del Senado, pero con todo y con eso el día se hizo largo. Y había un presidente de mesa al que tenía ganas de matar, lo juro xD. Pero aguanté ahí con la sonrisa puesta (aunque fue menguando conforme pasaban los minutos, lo admito).

– La mayoría absoluta del PP… Ay. Ay, ay, ay. Estoy viendo que ya sí que no van a salir nunca las becas FPU y que jamás voy a tener un futuro laboral digno, a no ser que huya. Y me jodería bastante irme si fuera por obligación. La sanidad arrasada (especialmente las políticas de prevención, que son las primeras en caer), la educación (aún más) desmantelada. Adiós, ley de dependencia. Hola de nuevo, tabaco en sitios cerrados. En fin, nada me gustaría más que equivocarme, pero reconozco que hoy he tenido momentos de auténtico bajonazo. Pero nada, procuro sacudírmelos tan pronto como vienen. Hay que mantener el ánimo alto, IU seguro que lo va a hacer muy bien y la lucha tiene que continuar en las calles.

Bueno, y también hubo cosas que no sabría dónde englobar, como las veces que me dijeron “pero si tú eres demasiado guapa para ser de IU” (pues gracias, pero no sé cómo tomarme eso ¬¬); la cantidad de gente que no tenía claro lo de las distintas papeletas y me preguntaba lo que era el Congreso y lo que era el Senado; las horas punta y las colas inacabables (molaba ver tanta participación, pero al cabo de un rato agobiaba porque las salas eran muy pequeñas), etc.

La verdad es que es toda una experiencia, te quedas con un montón de anécdotas y vives el día de forma más intensa. Y bueno, la guinda ha sido coger el tren a Granada esta mañana. El de las 05.45. Con el autor de este blog, que fue uno de los que se quedó al escrutinio, así que también se llevó su paliza. A pesar de todo, hemos sobrevivido también al día de hoy. Pero ya sí que me voy a la cama; buenas noches.

Palabras para el recuerdo

20 Mar

El de hoy es un post bastante personal y “yo-yo-yo”, aviso, así que si a alguien no le interesa demasiado mi vida (aunque creo que un poco sí, porque básicamente me siguen amigos xD), puede retirarse ahora.

Estos últimos días me he acordado bastante de dos consejos que recibí en ciertas ocasiones. Me los dieron dos amigos distintos, en momentos distintos y en circunstancias diferentes.

1.) El primero (y cito todo lo textualmente que me permite mi memoria): “Virginia, no puedes estar siempre tan estresada por temas académicos y agobiarte tanto pensando en el futuro. Seguro que la Virgy de primer curso, que era bastante más despreocupada, te daría un par de guantazos”. Vaya si lo habría hecho, y me habrían estado muy bien merecidos unas cuantas veces xD. Pero también le agradezco a la Virginia agobiada y preocupada que haya existido, porque me ha cubierto muy bien las espaldas con un buen expediente que me viene de lujo, ahora que me están volviendo las flojeras. En definitiva: me ha costado, pero creo que por fin he encontrado el saludable término medio (que no es otra cosa que poner en práctica lo que siempre he pensado y he sabido). Y reflexionándolo, creo que la clave está en que, por fin, ya he dejado de sentirme tan presionada.

2.) El segundo consejo, o más bien, afirmación tajante: “Virginia, cuando te des cuenta de toda la gente que existe… vas a flipar”. Esto me lo dijo una persona que sé que pasa por aquí de vez en cuando y que puede que en estos momentos arrastre una resaca interesante, consecuencia de haber pasado el día de San Patricio en Irlanda. Así que sólo quería decirle: sí, Mario, tenías razón. Estoy flipando mucho, pero muchísimo. ¡Y estoy encantada de hacerlo, la verdad! 🙂 (Por cierto,  ya quedaremos para que me cuentes tus aventuras en tierras irlandesas, maldito viajero xD).

Este fin de semana ha hecho tan buen tiempo… Se ha empezado a colar la primavera. Y en unos días entrará de forma oficial,  en unos pocos más pondremos por fin el horario de verano (¡el bueno!) y seguiremos hacia delante, como siempre. Y para coronar la ráfaga de buen humor y optimismo, dejo una cancioncilla.

Vivan las alpacas!!

20 Feb

El martes tengo el último exámen de mi último febrero, ya era hora. Y como ya estoy un poco harta de estudiar (aunque éste sea probablemente el curso en el que menos estoy estudiando), voy a aprovechar para dedicarle unas palabras a uno de mis bichos favoritos, la alpaca.

 

Un magnífico ejemplar de raza huayaca (creo)

 

Creo que ésta pide a gritos que la esquilen.

Son unos animalejos de origen andino parecidos a la llama y a la vicuña (para el que se lo esté preguntando, sí, también lanzan escupitajos) y la lana se usa muchísimo para hacer ropa, mantas y esas cosas. Hay dos razas: la suri y la huayaca, que es la más típica. Preciosas las dos, no me digáis que no son totalmente achuchables… y tienen una cara divertidísima. Aunque tanto wikipedia como taringa insisten en que se usan principalmente en la industria textil, hace unos años, cuando las descubrí y me puse a investigar, también leí en no sé donde que se usan mucho para trabajar con niños discapacitados, porque son muy cariñosas y mansas. Otra cosa que he descubierto hoy es que, igual que los gatos, hacen siempre sus necesidades en el mismo sitio. Si es que son perfectas como mascotas a todos los efectos… xD.

Recuerdo que hace unos años, cuando Antonio compró gallinas (vive en una casa casi en el campo) supliqué y supliqué para que comprara también una alpaca, insistiéndole en todas sus ventajas. Obviamente, no me hizo ningún caso, y mentiría si dijera que con el tiempo se me pasaron las ganas. Además, aquí en España, concretamente en Toledo, hay una empresa que vende alpacas, y aseguran que sus cuidados y mantenimiento son muy fáciles y económicos… En fin, desde aquí manifiesto que si algún día tengo una casa propia (jaja) con jardín, terreno adyacente o similar (jajajaja) me compraré una alpaca. Depende del rumbo que tome mi vida en los próximos años, otra solución es tener a la alpaca en Terque, que sí tengo casa (ya alquilaría algún terrenillo o algo para tener al bicho). No sería lo ideal, pero oye, el que no se consuela es porque no quiere xDD.

Y después de esta entrada totalmente gilipollezca, me despido hasta después del examen.

P.S. Es broma, espero que mi vida avance en otro sentido que no sea quedarme recluida en Terque y dedicada a la cría de alpacas. Sería lo que me faltaba… Pero lo que sí haré seguro es pasarme por la granja esa la próxima vez que vaya a Toledo.

P.S.2. Se me había olvidado que tengo un amigo muy majo que lleva años buscando una alpaca de peluche para regalarme en algún cumpleaños, navidades, etc. Un saludo para él, que está difícil la cosa xD

Con farmacia y hospital :)

25 Ene

Hoy en la facultad hemos hecho la elección de oficina de farmacia para la asignatura de Estancias. Para el que no lo sepa, yo acabo la carrera este año, y mis últimos exámenes son estos de febrero. En marzo ya sólo me queda una única asignatura, Estancias, que acaba en agosto (son 6 meses, sí) y tiene 15 creditazos. Consiste en trabajo a tiempo completo en oficina de farmacia o servicio de farmacia hospitalaria. Sin que te paguen, por supuesto (por el contrario, pagas tú por hacer la asignatura). Lo que son unas prácticas de fin de carrera, vamos. Y lo peor es la peculiaridad de que acaben en agosto y el examen sea en septiembre, porque hasta entonces no seré licenciada a todos los efectos y no me admitirán en ningún máster en junio, por ejemplo. Si cuando lo solicite en septiembre ya se han acabado las plazas… mala suerte.

Pero bueno, al margen de esto lo que venía a decir es que estoy loca de contenta y deseando hacerlas. Estudiar siempre me ha gustado, pero después de 5 años a tope cada año me voy notando más cansada, quemada y vaga, así que estoy deseando estos meses de pseudo-trabajo y total ausencia de apuntes, por mucho que tenga que currar (y tampoco será tanto).

Y también estoy super feliz porque por primera vez (sin contar becas) he constatado que mi expediente está sirviendo para algo, aunque sea para algo tan “banal” como ésto (al fin y al cabo, tampoco me jugaba nada importante). La elección se hace por orden de expediente: te van nombrando, y vas diciendo la farmacia y el hospital que quieres. Y yo he sido la 5ª en elegir de 145 personas (oh, qué poco modesta contándolo aquí… pues sí, pero es mi blog y me voy a dar el lujo xD).

Así que nada, de marzo a mayo estaré aquí en Granada, en el Hospital San Cecilio; y de junio a agosto en Almería, en una farmacia de la calle Gerona donde hacen fórmulas magistrales y análisis clínicos y las farmacéuticas son super majas. Ya sabéis a dónde tenéis que ir a verme^^ Tengo muchas ganas también de empezar a vivir anécdotas graciosas de farmacia xD.

Al final todo ha salido como quería (de momento, sé que el mundo real empieza lejos de la facultad, pero no vamos a pensar en eso ahora) y sé que los amigos que me leéis os alegraréis por mí. Aquí empieza mi “entrenamiento en serio”, y espero aprovecharlo para ser una buena profesional sanitaria el día de mañana.

El pela-zanahorias

21 Ene

En mi barrio de este año no hay ni una sola tienda de chuches cerca, ni una panadería, ni nada. A veces me pregunto si sus habitantes no formaremos parte de un estudio epidemiológico secreto de las autoridades sanitarias para comprobar que así estamos más sanos que la media, porque lo que son caprichos… ni uno. Porque claro, no hay lugar a que se repitan varios momentos del año pasado, a saber:

1. “Voy a bajar a comprar X, ¿quieres algo?” “Sí, súbeme una palmerita, porfa” (esta conversación se ha dado a todas las horas posibles, porque la panadería abría así como a las 6 de la mañana y cerraba a las 10 de la noche).

2. “Voy a ver una peli. Mmm, me voy a acercar a comprarle pipas al señor de la voz bonita…” (¿¿qué pasó con ese hombre?? Desapareció de la noche a la mañana, y yo estaba totalmente enganchada a su voz y a su forma de hablar…).

3. Cualquier día, a cualquier hora (por ejemplo, domingo a las doce de la noche): “Voy al Opencor a comprar un subrayador/una pizza/un helado de chocolate” (qué habría sido de nosotros muchas veces sin el Opencor, a pesar de sus precios abusivos).

Total, que aquí para cualquier mínima tontería ya tienes que ir al Mercadona, que tampoco está para morirse de lejos… pero ya tienes que andar un trozo de avenida y cruzarte de acera. Y una es vaga y friolera, qué le vamos a hacer. Por eso, para consolarme cuando me muero de ganas de picar algo, mi estrategia de los últimos meses ha consistido en comprarme redes enormes de zanahorias. Cuando me entra la gusilla, me como una o dos (no sé si llegaré a emular mi hazaña de pequeña, que consistió en ponerme totalmente amarilla a fuerza de comer zanahorias -¡me encantaban!-. Me llevaron al médico porque creían que estaba ictérica). Y en fin, son más sanas que otras cosas que pueda picar, así que además de calmar mi hambre calmo mi conciencia.

La cosa es que esta tarde he abierto el frigorífico, he mirado las zanahorias y ellas me han devuelto la mirada.  De repente, me apetecían mucho unos gusanitos. Me he puesto el abrigo para salir a la calle, en silencio… cuando en mi cabeza ha resonado un “¿¿SE PUEDE SABER A DONDE VAS??”. Mierda, la parte sensata de mi cerebro (la que ha estudiado Nutrición y Salud Pública) me ha descubierto. “Mmm, no, voy… a comprar un pela-zanahorias, que no tengo y me hace falta” (la parte mentirosa de mi cerebro se intenta justificar). “¿Y para eso estamos subiendo y bajando escaleras, comiendo sin excesos y vetando cosas insanas como las que te quieres comer ahora? ¿Vamos a tirar todo eso por la borda, eh?” (vuelve a la carga). “Por favor, no le hagas caso, por una vez no pasa nada…” (ahora solloza el centro del hambre de mi cerebro, directamente conectada con mi estómago).

¿Y qué hago yo discutiendo con todos vosotros? En definitiva, ¿qué hago discutiendo conmigo misma? Hala, que os den por saco a todos, me voy a la calle. (Sí, es triste, pero así de grillada estoy).

Y bajé al chino, a comprar un pela-zanahorias (¿qué os creíais, eh?). Por cierto, ahí me di cuenta de que no sé como se llama ese cacharro de verdad. Quiero decir, en mi casa lo usamos para pelar zanahorias, por eso lo llamamos así, el pela-zanahorias (sí, somos así de simples), pero sé que hay gente que también lo usa para pelar patatas, no sé cómo porque a mí no me sale. Pues nada, ahí me ves en el chino, sospechando que el instrumento que estoy buscando sólo lo llamamos así en mi familia, y sin verlo por ninguna parte. Me estaba planteando seriamente si tendría ovarios de describírselo de alguna forma al amable dependiente que no habla español (“sí, mire… es una cosa que yo uso para pelar zanahorias, pero que también se usa para pelar más cosas… y es así como parecido a una cuchilla de afeitar, pero inequívocamente de cocina”), cuando de pronto lo descubrí. Bingo. Pagué y me fui a casa.

En fin, lectores,  ya que habéis llegado hasta aquí, hago un llamamiento y una petición de ayuda. Si más o menos os imagináis el cacharro del que estoy hablando, ¿vosotros cómo lo llamáis? ¿Tiene algún nombre específico y yo no me he enterado? Ilustradme, por favor.

Las culpables, esperando a ser peladas.

P.D. No lo iba a decir, pero… Que sí, que al final fui al Mercadona y me compré una bolsa enorme de gusanitos 🙂 (¡qué débil soy!).

P.D. 2 … Vale… y otra de palomitas… (soy muy, muy, muy débil). Aunque en mi defensa diré que esa aún no me la he comido^^

Un poco de historia: los Refugios de Almería

13 Ene

De pronto, todas las luces se apagaron. “No os preocupéis”, dijo la guía. “Llevo linterna, y si de todas formas alguien empieza a encontrarse mal, que lo diga y nos damos la vuelta. Es algo que aquí abajo suele pasar bastante a menudo, por la humedad…”

Pues es mi cuarta visita a los Refugios de la Guerra Civil de Almería, y a mí no me había pasado nunca. Por suerte, o quizás por desgracia, porque la verdad es que caminar por un laberinto de calles a 9 metros de profundidad bajo la ciudad, y en la más completa oscuridad, también tiene su aquel. Te metes más en la situación (durante los bombardeos, la luz dentro de los refugios se apagaba para no ser un blanco fácil para los ataques aéreos) y se te eriza un poco la piel. La pena fue que nos quedamos sin ver un par de cosillas en ese tramo (yo ya las había visto, pero el resto de la gente no), pero la verdad es que la experiencia que valió la pena.

En febrero de 1937, en plena Guerra Civil, los habitantes de Almería se embarcaron en la construcción de unos refugios para albergar a la máxima población posible durante los bombardeos, que fueron muchísimos (de hecho, alguien se ha referido a Almería como “el Guernica del sur”). Los acabaron en un tiempo récord, en la primavera del 38… y eso que están hechos enteramente a pico y pala. Mujeres, hombres e incluso niños de 14 años que al salir del trabajo se iban a los refugios y colaboraban en su construcción voluntariamente; aparte de los obreros que sí tenían un contrato y un sueldo. Y ahora, la pregunta del millón: ¿creéis que en Almería hay algún monumento dedicado a estas personas y recordando su hazaña? Bingo, la respuesta es no.

La verdad es que es de vergüenza que un lugar tan importante para la historia de todos los almerienses sea tan poco conocido y publicitado. Y sin embargo, sin esos refugios muchos de nosotros no estaríamos aquí: mi abuela, por ejemplo, tuvo la suerte de poder estar a cubierto en uno de esos bombardeos, un día que fue a Almería desde su pueblo. Y no sólo almerienses: cuando los malagueños huyeron hacia Almería, muchos de ellos también se resguardaron en ellos a su llegada. De hecho, en esta última visita nos han referido que hace poco fue a los Refugios una mujer de Málaga… a conocer el sitio donde había nacido, el quirófano (sí, los refugios también tenían quirófano).

Las explicaciones de los guías son muy “políticamente correctas”, eso sí. No se dice para nada quiénes bombardeaban ni por qué, sino que te dicen “caían las bombas” como si de un fenómeno atmosférico se tratara. No obstante, lo explican todo muy bien, y en ésta última ocasión incluso han nombrado a “las tropas franquistas” (¡venga, vosotros podéis! A ver si la próxima vez conseguís decir “fascistas”-palabra que, por otra parte, sí aparece en algunos carteles-).

En definitiva, que considero que es algo digno de ver si se tiene la oportunidad. La primera vez que fui, me quedé tan en shock que no hablé casi durante toda la visita (que dura algo más de una hora), y aunque llevaba la cámara, no fui capaz de hacer ninguna foto. Y desde entonces he vuelto a repetir tres veces, dando la brasa a tres grupos distintos de personas para que los vieran, jeje. La verdad es que en cada una de las cuatro visitas he tenido una compañía de lujo, y también las recuerdo con cariño por eso.

Otra cosa… no quiero cansar poniendo más poemas, y de todas formas esta entrada es un poco larga. Pero Pablo Neruda escribió un poema sobre Almería en guerra (que se llama, lógicamente, “Almería”), y recomiendo que lo leáis si podéis. Tampoco tiene desperdicio.

Y por último, un pdf del Ayuntamiento de Almería dando más información sobre los Refugios, aquí.