Archivo | Almería RSS feed for this section

El grado justo de humedad

9 Abr

Vivo en Granada desde hace ya unos diez años y los dioses saben que adoro esta ciudad. No me importaría acabar aquí mis días, sigo teniendo a un paso la ciudad donde empecé a vivirlos y, entretanto, es un placer gastarlos aquí. Pero.

Siempre hay un pero, por ínfimo que sea.

Por haber visto la luz en una ciudad costera, y haber vivido allí hasta la edad adulta, hay cierta característica atmosférica que inevitablemente encuentro a faltar en este lugar. La humedad en el aire, una cosa tan pequeña pero que parece mentira que se pueda notar tanto, especialmente cuando regreso tras pasar un tiempo en Almería. El pelo, la piel, todas las mucosas de mi cuerpo. Despertarme varias veces en medio de la noche para beber agua, y calmar así la quemazón de la garganta. Al cabo de unos días el organismo se acostumbra y todo vuelve a normalizarse, pero hay una parte de mi cuerpo que, con testarudez extrema, se niega a adaptarse: las manos.

Siempre secas, los nudillos en invierno entre rojos y violáceos. Más de una vez, incluso este año, que apenas ha hecho frío, se me han abierto esas pequeñas bocas que sangran y que escuecen tanto, los sabañones. Sucede cuando la piel se reseca tanto que no da para más, deja de ser elástica y se rinde. Y, mientras tanto, yo probando una crema detrás de otra sólo para descubrir que nada sirve.

Hasta que la semana pasada adquirí una nueva en la farmacia, de avena y urea. Y el efecto ha sido tan sorprendente que lo único que he podido hacer ha sido cerrar los ojos y archivarlo en mi colección de recuerdos de perfecta felicidad doméstica. Y dar las gracias mentalmente a los compañeros farmacéuticos que mezclaron en las proporciones perfectas agua, urea, glicerina y un puñadito de excipientes destinados a crear consuelo y confort para mis pobres manos castigadas. Algo que parece tan tonto, que no es ni por asomo tan espectacular como curar de verdad a alguien, pero que únicamente pueden hacer personas de mi gremio y que también es necesario. Así que, como digo, hoy he sentido agradecimiento hacia mi profesión por devolverme una serie de cosas que no son básicas pero que hacen la vida más agradable. El tacto, la caricia y la memoria de mi ciudad junto al mar.

El cierre de una casa

17 Nov

jilgueroEl sábado estuvimos vaciando el piso donde vivieron siempre mis abuelos de alquiler, con mi madre y con mi tía hasta que se casaron. Igual de ellos he heredado lo de que al oír hablar de una hipoteca me salga urticaria, aunque tampoco me faltan razones. Di muchos viajes bajando cosas desde el tercero sin ascensor, aunque por suerte tuvimos ayuda para los bártulos más voluminosos y pesados. El sofá, el frigorífico, la estantería del salón, los sillones… mueble a mueble, la casa se fue quedando vacía.

CardiospermumHalicacabum070712b

Acabo de descubrir que se llama Cardiospermum halicacabum. Qué cosas.

En una de las ocasiones en que subía las escaleras corriendo, como hacía hace muchos años, pensé en lo estupendo que sería el que conforme yo corriera hacia adelante el tiempo fuera pasando hacia atrás, de forma que al llegar arriba fuese otra vez pequeña y la abuela me estuviera esperando en el rellano, sonriente y con la despensa llena de rosquillas, caramelos y frutos secos. La casa tendría todos los muebles en su sitio y el abuelo estaría en el cuarto de estar, trabajando en el banco de carpintería y llenándolo todo de virutas. Las decenas de trofeos que ganó pescando continuarían en su sitio. Juanico, el jilguero, piaría en su jaula. En la terraza seguiría estando la maceta de farolillos, y en la mesa de comedor ese pez gigante y hueco de cristal al que me gustaba tanto meterle el dedo en la boca. Puede que la tita Encarni también estuviera allí, sentada en el sofá haciendo crochet y charlando de cualquier cosa con mi madre, mientras Rubén y yo jugábamos con esos juguetes que los abuelos nos guardaban en una caja. Merendaríamos todos juntos y por la noche llegaría mi padre, al salir de Diputación, para recogernos y llevarnos a todos a casa. En aquel entonces no era obligatorio ponerse cinturón de seguridad en el coche y los niños no teníamos que utilizar sillita. Si éramos más de cinco personas, incluso hacíamos el viaje en las rodillas de algún adulto y no pasaba nada.

Echo tanto de menos esos tiempos. Los echo tanto de menos a todos.

El día que perdí la inocencia

19 Dic

Hoy abro el post con una pregunta. ¿Vosotros recordáis exactamente cuándo dejásteis de creer en el ratoncito Pérez, los Reyes Magos y esas tiernas ridiculeces?

Yo no sé si soy rara, pero no lo recuerdo, a pesar de que siempre nos refiramos a ello como el no va más  de los traumas infantiles y el que marca casi el fin de la infancia. Además, tampoco hubo una conversación con mis progenitores ni preguntas incómodas hacia ellos. Conociéndome como me conozco, supongo que las cosas fueron más o menos así:

1. Razonándolo, me di cuenta de que los Reyes Magos no podían existir (eso debió ser así porque yo soy mucho de racionalizar, y además tampoco recuerdo al típico compañero de cole cabroncete que te abre los ojos a la dura realidad).

2. Pensé en cómo lo iba a gestionar y me dieron penilla mis padres, que seguían tan emocionados pensando que yo creía en los Reyes. Hubiera sido una crueldad quitarles la ilusión, no me digáis que no.

3. Toma de la decisión menos dura: fingir durante unos años más que sí creía y de paso vivir del cuento un tiempecillo.

(Ay, si es que yo era un encanto de pequeña…).

Sin embargo, lo que nunca se me olvidará, mi trauma navideño por antonomasia, lo peor de lo peor, tuvo lugar apenas hace un par de años. Y fue tan horrible, que juré que nunca más volvería a creer en nada…

Para contar esta escalofriante historia, os pongo en antecedentes. Cuando era pequeña, todos los años veía la Cabalgata de Reyes con mis padres desde el balcón de una tía mía,  que vivía en un primero en una calle muy céntrica (ahora que lo pienso, ni que fuéramos aristócratas, parecía que no queríamos mezclarnos con la plebe o algo…). En aquellos felices años, mi hermano aún estaba en la mente del señor (por lo menos al principio, después hizo su aparición estelar y también nos lo llevábamos) y mi primo Rubén, que me lleva 4 años, se venía siempre con nosotros (estábamos siempre juntos, parecía un hijo más de mis padres). Y el muy cabrito me sacaba rabia porque a él le ponían los regalos en su casa la noche del 5, al volver de la cabalgata, y yo me tenía que esperar hasta la mañana siguiente. Yo tenía un chaquetón de pelo blanco súper calentito, que me encantaba porque me parecía regio a tope. Si localizo una foto, hasta puede que edite la entrada con ella…

Como éstos.

Bueno, pues el caso es que nos juntábamos en el balcón de mi tía miles de personas: tíos, primos, amigos de mis padres con sus hijos… Y COGÍAMOS MILLONES DE CARAMELOS. De verdad, era una cosa bestial, nos poníamos a chillarles a las carrozas como descosidos y a vacilar a los pajes cosa mala (“¡¡a que no llegáis, pringaos!!”) y ellos, con toda su mala hostia, nos tiraban caramelazos con una fuerza inusitada. Con tanta, que a veces hasta atravesaban los caramelos la terraza y llegaban a entrar en la casa; y todos los años alguno de los primos pequeños acababa llorando porque le habían acertado de lleno en la mollera (además, entonces los caramelos eran de los duros, que molaban más). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que después venía mi madre o una de mis tías a organizarnos para que cada niño nos lleváramos exactamente la misma cantidad a casa (“¡¡Venga!! Dándole la vuelta a los bolsillos ya mismo, que los pequeños han cogido menos y eso no puede ser… Hale, todos los caramelos encima de la mesa. Tú, vacíate ese bolsillo interior también, que te he visto, te crees muy listillo… Y ahora, ya que hemos reunido todos, dividimos en partes iguales.”). Cogíamos tantos, tantos caramelos, que nos duraban hasta febrero. Cogíamos tantísimos caramelos, que mi padre y mis tíos se reservaban un puñado para tirárselos con saña a los pajes y para intentar encestar alguno en el trombón de la banda, cuando pasaba al final. Y se descojonaban, aunque yo creo que nuestro balcón era el más odiado de la calle… Total, que la Cabalgata de Reyes constituye uno de los recuerdos más preciados de mi infancia.

Luego empecé a ir con mis amigos y a verla a pie de calle, como las personas. Y me desilusioné bastante porque cogía muchos menos caramelos que antes, a pesar de luchar a muerte contra niños pequeños, los padres de esos niños y sus abuelos, que son los peores. Apenas dos puñaditos y encima, como ahora son blandos, casi que te los vas comiendo de camino a casa con el ansia y cuando llegas ya no te queda ninguno.

Pues hace dos años, llegué de la cabalgata indignadísima y empecé a darle la murga a mi madre, que me esperaba en casa con el brasero:

– ¡¡¡¡Seis caramelos!!!!! Seis caramelos, tú te crees (ten, te he guardado dos). Vamos, hombre. Hace falta tener poca vergüenza. Por falta de presupuesto, dicen que es. Pues será, porque somos la provincia donde menos kilos tiran, que son unos miserables, pero también les gusta mucho a los concejales quedarse sacos enteros y repartírselos luego a sus hijos y a sus amiguetes, porque de esas toneladas que decían que iban a tirar, te digo yo que no han tirado ni la mitad…

– Virginia…

– …y que sí, vale que el Ayuntamiento no tenga dinero para caramelos. Pero es que nos toman por tontos, que después los de Cultura en comidas y cenas no recortan. Claro, en caramelos y en visitas nocturnas a la Alcazaba, que cada verano hay menos, pues en eso sí. Pero no, en sus cosas, en eso no. Hace falta ser sinvergüenza y caradura…

– Virginia, creo que deberías relaj…

– … y por lo menos ahora el séquito del rey Baltasar sí es negro de verdad, que me parecía de risa y de vergüenza que salieran cantamañanas con las caras pintadas… Ahora, que me pregunto si les pagarán a esa pobre gente, y cuánto. Que seguro que lo que hacen es abusar de los inmigrantes y darles una miseria. Mira, no vuelvo a ir otro año, porque para volver cabreada… ¡CON TODOS LOS CARAMELOS QUE COGÍAMOS EN EL BALCÓN CUANDO ERA PEQUEÑA; ES INCREÍBLE!

Y entonces mi madre, que llevaba un rato intentando meter baza sin éxito, me miró con los ojos y la boca muy abiertos y acto seguido empezó a retorcerse de risa en el sofá, ante mi incomprensión.

Cuando se calmó y pudo hablar, me confesó que lo que hacían todos los años era comprar un montón de caramelos y, cuando los pajes tiraban hacia nuestro balcón, los adultos disimuladamente tiraban puñados en la terraza sin que nos diéramos cuenta. Lo solapaban tan bien y nosotros estábamos tan emocionados, que ni nos coscábamos. “Pero vamos a ver… ¿tú te crees que tenía lógica que al final cogiéramos bolsones y bolsones de caramelos? ¡Pero si como mucho llegaban dos o tres a la terraza, desde la Cabalgata! Parece mentira, venir a enterarte ahora, al cabo de los años… yo creía que lo sabías desde hacía muchísimo tiempo”. Y en este punto mi madre se volvió a desternillar, todavía sin creerse mucho que tenía un hija tan parda y tan graciosa.

Pues no, no lo sabía. Y ese es mi mayor trauma de todos los tiempos, el de echar por tierra una creencia que mantuve hasta los 20-21 años. Manda huevos.

P.S. A pesar de todo, sigo teniéndole simpatía a los Reyes Magos; son unos tíos legales. De hecho, son los únicos reyes a los que les tengo simpatía; por mí todos los demás podían desaparecer, pero de verdad. Y, a pesar del disgusto, no he faltado a la cabalgata ningún año y sigo teniendo épicos combates con la gente que intenta apoderarse de mis caramelos.

P.S.2. Al día siguiente, vino a casa mi primo Rubén y a mi madre le faltó tiempo para decirle “Mira de lo que se ha venido a enterar tu prima ahora…” Y cuando vio que Rubén ponía exactamente la misma cara que yo la noche anterior, volvió a quedarse boquiabierta y, acto seguido, a carcajearse abiertamente. Somos unos pobres incomprendidos.

Resaca electoral

22 Nov

El día de ayer, 20N (elecciones generalísimas, que decía un amigo), lo pasé íntegro en el colegio electoral como apoderada de IU (por segunda vez; me estrené en las municipales). Como ya es tarde y aún arrastro cansancio, sólo voy  a dar unas breves pinceladas sobre un día que dio para mucho.

Lo mejor: sin dudarlo, y como siempre, la gente. Y eso engloba:

– A mis compañeros apoderados de IU, con los que echaba ratitos de charla cuando la cosa estaba tranquila. Personas magníficas todas, de esas que te enriquecen cuando hablas con ellas.

– Bueno, los apoderados de otros partidos también fueron majos ayer, todo hay que decirlo (no queráis saber algunos energúmenos con los que coincidí en mayo¬¬).

– Mis amigos, que me fueron buscando por los distintos colegios por donde estuve, votaran allí o no, para llevarme víveres y hacerme compañía durante algunos momentos. Hubo incluso valientes que se quedaron al escrutinio y así acabaron de ver todo el proceso democrático. Gracias.

– Algunas personas que tras votar me guiñaban un ojo, o directamente se acercaban y me daban la mano, mientras decían “a ver si tenemos suerte, yo ya he puesto mi granito de arena”.

– Por supuesto, los 11 escaños de IU, toda una alegría. Y particularmente contenta por Alberto Garzón, buen amigo que dará mucha caña en el Congreso y hará que nos sintamos orgullosos. Estoy segura.

Lo peor:

– La pena y la rabia al ver a mucha gente colaborando y defendiendo a saco a unos partidos que no van a dar la cara por ellos. Nunca lo han hecho. Y creo que ya hemos tenido bastantes evidencias, pero hay personas muy “ultras”.

– El cansancio. Aunque mereció la pena, cuando dieron las diez ya estaba reventada, y aún faltaba mucho para acabar. Y eso que sólo tuve que llevar a la sede de IU las actas del Congreso y no tuve que esperar por las del Senado, pero con todo y con eso el día se hizo largo. Y había un presidente de mesa al que tenía ganas de matar, lo juro xD. Pero aguanté ahí con la sonrisa puesta (aunque fue menguando conforme pasaban los minutos, lo admito).

– La mayoría absoluta del PP… Ay. Ay, ay, ay. Estoy viendo que ya sí que no van a salir nunca las becas FPU y que jamás voy a tener un futuro laboral digno, a no ser que huya. Y me jodería bastante irme si fuera por obligación. La sanidad arrasada (especialmente las políticas de prevención, que son las primeras en caer), la educación (aún más) desmantelada. Adiós, ley de dependencia. Hola de nuevo, tabaco en sitios cerrados. En fin, nada me gustaría más que equivocarme, pero reconozco que hoy he tenido momentos de auténtico bajonazo. Pero nada, procuro sacudírmelos tan pronto como vienen. Hay que mantener el ánimo alto, IU seguro que lo va a hacer muy bien y la lucha tiene que continuar en las calles.

Bueno, y también hubo cosas que no sabría dónde englobar, como las veces que me dijeron “pero si tú eres demasiado guapa para ser de IU” (pues gracias, pero no sé cómo tomarme eso ¬¬); la cantidad de gente que no tenía claro lo de las distintas papeletas y me preguntaba lo que era el Congreso y lo que era el Senado; las horas punta y las colas inacabables (molaba ver tanta participación, pero al cabo de un rato agobiaba porque las salas eran muy pequeñas), etc.

La verdad es que es toda una experiencia, te quedas con un montón de anécdotas y vives el día de forma más intensa. Y bueno, la guinda ha sido coger el tren a Granada esta mañana. El de las 05.45. Con el autor de este blog, que fue uno de los que se quedó al escrutinio, así que también se llevó su paliza. A pesar de todo, hemos sobrevivido también al día de hoy. Pero ya sí que me voy a la cama; buenas noches.

Sobre plantujas

7 Oct

Cuando era pequeña (hace una década o incluso más tiempo), un amigo de la familia me regaló un cactus pequeñito con forma de palmera, que se había traído de un viaje a Canarias. La plantita, que venía en un tiestecillo de esos de broma (por lo ridículo de su tamaño), con los años empezó a crecer salvajemente y tuvo que ser trasplantada innumerables veces, hasta llegar al macetón que ocupa ahora, por el momento. Actualmente ya es casi de mi altura, y en esta época del año es cuando comienzan a salirle nuevas hojas y a formarse troncos nuevos. Cuando le da la gana, le salen flores amarillas, que acaban convirtiéndose en unas pelusas blancas con la semilla al final.

La susodicha

Total, que cumple todos los requisitos para considerarse “planta favorita de Virginia”: vistosa, bonita (a lo mejor no estáis de acuerdo, pero a mí me gusta y punto) y, sobre todo, fuerte como ella sola (tirando a inmortal). Ya te puedes olvidar de que existe durante temporadas, que no se seca (pocas cosas me deprimen más en este mundo que el que se me mueran las plantas, me hace sentirme una asesina).

Hará 2 ó 3 años, empecé a intentar que se reprodujera para llevarme una hijita suya a Granada. Pregunté al amigo que me la había regalado y me dijo que plantara las semillas esas de los pelos blancos, que era el modo idóneo, aunque no se acordaba de la época. Bien.  Planté las semillas en primavera, por si acaso. Las planté en invierno. En verano. En otoño. Las planté directamente recogidas de la planta materna, y también probé a plantarlas esperando un poco para que les salieran raicillas. Todas las tentativas acabaron exactamente igual: con una servidora mirando un tiesto con tierra durante dos semanas. Y encima, con fe (“pues parece que ahí ya a lo mejor asoma algo…”). Así soy yo: inasequible al desaliento y con un entusiasmo a prueba de bombas.

En fin, que acogiéndome al empirismo más elemental acabé decidiendo que igual el cactus no se reproducía por semillas, sino por esquejes. Pero claro, me daba pena mutilarle un brazo para hacer un ensayo de los míos, especialmente teniendo en cuenta el porcentaje de fracasos (100%. Superadlo, si podéis). Afortunadamente y cuando ya estaba asumiendo que mi planta jamás tendría descendencia, mi madre descubrió un lugar donde crecen hermanas suyas. Un jardín particular que pertenece a una farmacia, cosas de la vida. No diré exactamente cual por si la farmacéutica descubre el hurto, aunque no creo, porque me parece que tiene los cactus más descuidados que yo, que ya es decir. Crecen completamente salvajes.

Porque el resto ya os lo estáis imaginando. Con nocturnidad y alevosía, armada con unas tijeras y con una bolsa para guardar mi botín, me presenté allí de noche en compañía de mi madre, tan motivada como yo. Creo que somos un pelín peliculeras y que lo exageramos un poco (podíamos haberle pedido un par de esquejes a la farmacéutica y DE DÍA, como las personas normales; casi seguro que nos hubiera dicho que sí), pero la incursión tuvo su emoción, la verdad. Y además, hasta me sentía un poco justiciera: yo, una farmacéutica sin farmacia ni posibilidades de ponerla (ni ganas, en honor a la verdad) metiendo mano en el excesivo patrimonio de una colega más afortunada. Tenía todo el sentido del mundo, no me digáis xD.

Conclusión: esta vez he tenido éxito. Los palmerillas crecen a ojos vista varios centímetros de un día para otro, han echado hojas… Orgullosísima estoy de mis retoños, vaya. En breve me traeré uno a Granada, a ver si le doy color a mi terraza. Y mi planta grande, indemne.

Por cierto, lo que jamás he llegado a saber es el nombre del cactus, y mira que he buscado en internet y en distintas guías botánicas.  Si alguna vez llegáis a saberlo, acordaos de mí y decídmelo. A cambio, os puedo regalar uno xD

Acto homenaje a los Coloraos

4 Sep

Comienza septiembre y abandono poco a poco la ociosidad total de las vacaciones, lo que también implica retomar el blog, que lo he tenido un poco abandonado.

Este verano no he cumplido con la ya casi tradición de visitar los refugios de Almería y la Alcazaba (esto último ha sido por causas de fuerza mayor, porque el ayuntamiento ha suspendido las visitas nocturnas este año -tijeretazo a Cultura- y visitar la Alcazaba en verano, a pleno sol… pues como que no). A donde sí he ido, después de varios años sin ir, es al homenaje a los Coloraos, que se celebra todos los 24 de agosto. A este acto dedico la entrada de hoy.

La historia de los Coloraos (llamados así por el color de sus casacas) se remonta al siglo XIX. Tras la proclamación de la Constitución de 1812 “La Pepa”, y su posterior derogación por el monarca absolutista Fernando VII en 1814, diez años después llegaron a las costas de Almería un grupo de liberales . Venían desde Gibraltar, y desembarcaron con intención de proclamar la libertad y restituir la Constitución. Fracasaron en su tentativa y la respuesta de los conservadores absolutistas no se hizo esperar: el 24 de agosto de 1824, 22 de ellos fueron fusilados. De rodillas, por la espalda, y sin juicio previo.

En 1868, ya más calmadas las cosas (y no lo sé con seguridad, pero me imagino que tras la euforia de  la Revolución Gloriosa) comenzó a levantarse un monumento en Puerta Purchena para rememorar este hecho (posteriormente los almerienses le acabaríamos llamando “pingurucho”, por su forma). Pero en 1943, ya instaurada la dictadura, a Franco se le ocurrió hacer una visitilla a Almería y… ZAS!! Monumento destruido (qué podemos decir de la cultura de los fascistas… es tan penosa como su ideología). Por suerte, en 1987 se reconstruyó el pingurucho, esta vez en la Plaza Vieja y con mármol de Macael. Y en él se colocó entonces una placa con esta emocionante inscripción (click para aumentar):

Volvieron a realizarse otra vez los homenajes, que se habían suspendido durante la dictadura, cada 24 de agosto. Se reúnen el alcalde y todos los concejales en el ayuntamiento, invitan a alguien a que dé un discurso (que se lee dentro, mientras los asistentes al acto esperamos fuera en la plaza muriéndonos de calor) y al final salen y se colocan coronas de laurel y rosas rojas a los pies del monumento. Y una de las cosas que más me gustan es la banda de música, que toca el himno de Riego y la Marsellesa (además de los himnos de Almería, Andalucía y España).

El pingurucho

A mí me empezaron a llevar de pequeña, y ya entonces me encantaba. Recuerdo ir con mi madre, con mis abuelos y con mi tía Encarni, que era militante acérrima del PSOE, pero del de Pablo Iglesias (siempre pienso que si hubiera visto lo de estos últimos años se hubiera desilusionado -y enfadado- muchísimo). Me llevaban, como digo, y era una especie de fiesta: recuerdo a todo el mundo alegre, el calor, los abanicos del ayuntamiento que se repartían para contrarrestarlo y a mis familiares saludando a muchísima gente. La mayoría eran amigos del partido que se encontraban allí. Se contaban el hecho histórico unos a otros con alegría (aunque todo el mundo lo supiese de memoria) y se pronunciaba mucho la palabra Libertad.

Este año he ido yo sola. Se ha juntado en la plaza bastante gente, aunque menos de la que recordaba de pequeña y casi todo personas mayores. Mientras esperábamos me he dado unas cuantas vueltecitas entre los grupillos, poniendo la oreja (pocas cosas hay tan entretenidas como gente mayor hablando, en serio). Y he oído de todo. Gente contando la historia de los Coloraos, otra vez; gente hablando de la crisis y del panorama político que tenemos… menos caras alegres que antes, la verdad. Y oí una cosa que me llamó la atención especialmente: un hombre quejándose de que tocaran el himno de Riego “porque es anticonstitucional, para eso tenemos una monarquía”.

Vamos a ver. Por supuesto, soy una chica prudente y no me iba a meter a contestarle a un señor que no estaba hablando conmigo siquiera y que puede muy bien tener sus ideas. Pero: 1) a la plaza se va a rememorar y a homenajear. Además, en el caso de que le hubiera contestado, podríamos haber tenido una conversación sobre por qué tenemos una monarquía en lugar de restaurar la república tras la dictadura. Y 2) el himno no es anticonstitucional porque la Constitución no lo prohíbe (en cualquier caso sería aconstitucional porque no viene recogido, si me equivoco que algún experto en derecho me corrija). Y, ya puestos a incordiar, estamos viendo estos días que resulta que la Constitución se puede modificar sin contar con nadie (tristemente). Así que nada, que me den un tippex y si todo el problema es que el himno de Riego no está en la Constitución como himno oficial de España, pues yo lo pongo (en mis sueños… aunque me encantaría, la verdad).

En eso iba pensando cuando me di de bruces con un viejecillo con el que coincidí en las elecciones del 22M (él, apoderado del PP; yo de IU) y que se tiró tooodo el día provocándome y semi-burlándose de mí, haciendo gala de bastante mala educación. Así que, sé que es una reacción totalmente irracional la mía (al fin y al cabo, el hombre había ido al acto de homenaje, aunque sólo fuera para saludar a sus amigos del partido y concejales -ahora el ayuntamiento de Almería es del PP-), pero lo cierto es que me cabreé un poco. Si estuviéramos en 1824, ese hombre -no ya ese hombre en particular, sino gente de su ideología- habría estado de acuerdo con el fusilamiento de los Coloraos, así que la situación no dejaba de ser irónica (y un poco hipócrita también). ¿Os imagináis que dentro de 100 años hay un monumento a la gente que recibió palizas en las acampadas del 15M; y que lo homenajean personas pertenecientes a un partido heredero directo del PPSOE? (Uf, me han dado escalofríos conforme lo escribía, espero que dentro de 100 años las cosas hayan cambiado lo suficiente).

Total. Salieron los concejales y el alcalde del ayuntamiento, pusieron las coronas de laurel y la banda empezó a tocar. Tras el himno de Riego, alguien gritó el consabido y siempre esperado “¡Viva la República!”, ante el que media plaza rugimos “¡Viva!”. Las autoridades permanecieron impasibles como siempre, como si no hubieran oído nada.

Cuando acabó el acto y todos abandonamos la plaza, todavía seguí escuchando conversaciones. Una anciana estaba contando que de joven, durante la dictadura, la habían humillado cortándole el pelo. “Pero ni me callé entonces ni me voy a callar ahora” dijo, casi con fiereza. “Por eso vengo todos los años, para gritar lo que quiero gritar”.

Vivimos en un país que se cae a pedazos, pero a veces escuchas cosas así y te das cuenta de que en él todavía hay gentes grandes. Por eso, yo también volveré todos los años.

Protección solar: imprescindible

12 Jul

Por fin ha llegado el verano. Llevo ya más de un mes en Almería, disfrutando felizmente de la playa (ah, qué bien me ha sentado este junio sin exámenes) y trabajando por las mañanas en la farmacia. Precisamente a estos dos ítems (farmacia y playa-sol) dedico esta entrada, para recordar unas cuantas cosas que todos sabemos pero que no debemos olvidar.

Lo admito: todos los veranos, y éste no va a ser una excepción, soy pesadísima con la protección solar. Creo que la imagen de mi persona con un bote de crema en la mano, ofreciéndola de forma insistente (y hasta ligeramente angustiada cuando alguien no me hace caso y se expone inconscientemente) son ya una constante entre mis amigos. Y este año, con el blog, también puedo dar la brasa de forma virtual, mira tú por donde.

Empecemos por el principio, y el principio es que seamos conscientes de que sólo tenemos una piel para toda la vida (“bah, qué tontería… esta chica ha descubierto la pólvora”, pensará alguno). Pues esta idea tan simple parece que muchas personas no la tienen clara. Todos de vez en cuando pecamos de insensatos, pero de verdad que es muy fácil ir a la playa y no quemarse. Muy, muy fácil. Tan sencillo como no hacer el cafre los primeros días: no tirarse 54151387 horas seguidas y ponerse protección solar a intervalos de una hora más o menos. También es aconsejable empezar con un factor más o menos alto, 50 ó 30; y ya conforme pasen los días podemos ir bajándolo poco a poco. De todas formas, por avanzado que esté el verano y por muy morenos que estemos ya, NUNCA debemos ir a la playa sin protección, y el factor NUNCA debería ser menor de 15.

Respecto al factor de protección solar (FPS o SPF, en inglés), las distintas marcas comerciales tienen la manía de no unificarlos nunca, a pesar de que hace unos años se acordó que las distintas cremas y leches solares se dividirían en “protección baja”, “protección media” y “protección alta”. Pues como si oyeran llover, oye. Así, tenemos cremas que llegan hasta un FPS de 90, otras se quedan en 50, otras en 50+… y algunas tienen FPS intermedios que no existen en otras marcas: 20, 25, 35, 65… ¿Cuál es el factor correcto, qué diferencia hay?

Pues aquí está la verdad de la vida: apenas hay ninguna. La fotoprotección sigue una especie de curva, como vemos en la imagen. Cuanto más aumenta el FPS, la reducción de rayos UV lo hace más lentamente; es decir, que hay mayor diferencia de un FPS 6 a un FPS 15 que de un FPS 50 a uno 90. Vamos, que no tengamos la sensación de “huy, voy super protegido porque llevo un FPS 90”, porque prácticamente por encima del FPS 20 ya no hay mucha diferencia.

La otra verdad de la vida es que los protectores solares de los que estamos hablando son químicos; y sólo los físicos (óxido de zinc y talco) bloquean todos los rayos solares, es decir, ofrecen una protección solar completa (son las típicas cremas blancas que por mucho que las extiendas no se absorben bien y te dejan el cuerpo blanco. Claro, protegen porque reflejan el sol y no dejan pasar ni un rayo). Por el contrario, los protectores químicos, que son los que usamos normalmente, sí dejan pasar la radiación y no hay evidencia científica de que prevengan el cáncer de piel (por el contrario, incluso podrían aumentar el riesgo, porque dan una falsa sensación de seguridad y hacen que estemos más tiempo expuestos al sol). Pero ojo, lo que sí es cierto es que estos últimos son útiles para evitar las lesiones agudas (quemaduras) y que las quemaduras se asocian a un mayor riesgo de melanoma.

Total, que lo mires como lo mires:

  • hay que echarse protección solar. Y varias veces al día y de forma generosa, además: no vale eso de “me echo una pizquita al llegar a la playa y ya no me vuelvo a acordar en todo el día”.
  • si efectivamente vamos a pasar muchas horas en la playa, no estaría de más llevar un gorro, o mejor, una sombrilla. No hay más que fijarse en esas reuniones multitudinarias de madres que se bajan a la playa a darles el bocata a sus hijos y a cotillear, ¡levantan unos campamentos enormes de sombrillas! Tomemos ejemplo, las madres son sabias.
  • evitar las horas de mayor exposición, de 12 a 4 de la tarde.
  • por favor, por favor, los que tengáis lunares y/o manchas en la piel… aún más a rajatabla debéis seguir estos consejos. Y por supuesto, vigilad las manchas frecuentemente por si hay algún cambio, momento en el que debéis acudir al médico.

Así que no seamos tontos: este verano, protección solar a mansalva. Échaosla o que os la echen (un plus agradable ;)). De verdad que son 5 minutos cada vez, y nuestra piel nos lo agradecerá, ahora y a largo plazo.

(*) La imagen está tomada de la Revista Peruana de Dermatología. Da una información muy buena, aquí dejo el link.

¿Restaurar respetando o innovando? La Alcazaba de Almería

11 Feb

Como Almería no suele salir mucho en las noticias, me entero de las novedades cuando voy por allí. Y el último fin de semana que estuve me tocó indignarme de la aberración que se ha cometido en la Alcazaba. (Aviso a navegantes: post largo, tomaos vuestro tiempo :P).

 

La Alcazaba y sus planchas denigrantes...

Como veis en la imagen, se han colocado en la muralla dos placas enormes de acero corten, que le pegan tanto como a un santo dos pistolas (sin desarrollar el símil: ya sabemos que muchos santos de la iglesia católica mataban a la gente que era un gusto). La cosa es, como denuncia la Asociación de Amigos de la Alcazaba de Almería, que ese material no tiene absolutamente nada que ver con la tradición arquitectónica del resto de la Alcazaba. Es simplemente un “parche” que hace daño a la vista, y está claro que la restauración de la muralla se podía haber hecho siguiendo unos criterios más respetuosos con la historia de Almería y con la estética en general.

Y aquí es donde podemos plantearnos una cuestión interesante. Cuando se restaura un edificio antiguo, ¿debemos restaurar simplemente y dejarlo “como estaba” hace cientos de años, o es lícito que pongamos nuestro toque de modernidad y de siglo XXI? Hay quienes afirman que si únicamente nos dedicamos a restaurar y a continuar con los cánones arquitectónicos del pasado, en el futuro no dejaremos nada representativo del tiempo en el que vivimos. Al fin y al cabo, somos hijos de nuestra época, y lo mismo que esto se refleja en las costumbres sociales, también queda patente en los edificios: por ejemplo, si en un barrio se levanta una iglesia, con toda seguridad no se va a hacer un edificio gótico; y las casas en las que habitamos poco se parecen a las casas del imperio romano. La verdad es que es un tema que da pie a la reflexión.

Ahora bien, una cosa es que se construyan enormes rascacielos y edificios “raros” y modernos, y otra muy distinta es que los construyamos encima de edificaciones históricas. Desgraciadamente, esto se ha hecho en todas las épocas y con el tiempo “lo nuevo” también acaba pasando a ser “histórico”. Recordemos, si no, el palacio de Carlos V en la Alhambra. Sí, es emblemático y todo eso, pero cuando pienso en que los Reyes Católicos en su día se cargaron una parte de la Alhambra para construirlo me pongo enferma. Otro tanto con iglesias católicas que se han levantado encima de mezquitas, sinagogas, etc. Por razones de historia y de trasiego de distintas civilizaciones, nuestro país está lleno de ejemplos similares.

Pero hay varias formas de restaurar. El arquitecto puede “dejar su toque” siendo totalmente respetuoso con el edificio, sin que se note demasiado y haciendo un guiño simpático (pensad en el astronauta de la catedral de Salamanca); o bien puede tirar de egolatría y ganas de crear polémica y levantar un engendro que en nada se corresponde con su entorno natural ni con el resto de la construcción. Un ejemplo clarísimo es lo que ha ocurrido en la Alcazaba, pero también pienso en la bodega Marqués de Riscal (una de las más antiguas de La Rioja), proyecto del que se encargó el mismo arquitecto del Guggenheim. Y supongo que habrá gente que se me tirará al cuello por criticarla. La construcción en sí no es fea del todo, habría quedado bien en cualquier otro lugar, pero creedme, yo he pasado por el lado y no pega absolutamente nada con el paisaje.

 

Marqués de Riscal

 

En fin, en lo de la Alcazaba queda claro también que la culpa no es exclusivamente del arquitecto. Él realizó su proyecto, la Junta de Andalucía lo ha aprobado y el Ayuntamiento de Almería ha concedido el permiso de obras. En qué estaba pensando la Junta, no lo sé (seguro que en la Ley de Patrimonio Histórico no), pero ya estamos acostumbrados a que no se esmere mucho con Almería. Que la Alcazaba no sea un monumento famosísimo (porque no se promociona bien, a pesar de ser la segunda construcción árabe más grande de España) también ha contribuido: me pregunto si se habría aprobado este proyecto para “restaurar” la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla.

Ojalá se haga caso a la opinión pública de los almerienses y se retiren esas dos planchas denigrantes. De momento, la Asociación de Amigos de la Alcazaba, al margen de otras iniciativas y en clave de humor, ha realizado recreaciones de cómo quedarían las placas de acero en algunos otros monumentos bien conocidos por todos. Echad un vistazo…

 

Con farmacia y hospital :)

25 Ene

Hoy en la facultad hemos hecho la elección de oficina de farmacia para la asignatura de Estancias. Para el que no lo sepa, yo acabo la carrera este año, y mis últimos exámenes son estos de febrero. En marzo ya sólo me queda una única asignatura, Estancias, que acaba en agosto (son 6 meses, sí) y tiene 15 creditazos. Consiste en trabajo a tiempo completo en oficina de farmacia o servicio de farmacia hospitalaria. Sin que te paguen, por supuesto (por el contrario, pagas tú por hacer la asignatura). Lo que son unas prácticas de fin de carrera, vamos. Y lo peor es la peculiaridad de que acaben en agosto y el examen sea en septiembre, porque hasta entonces no seré licenciada a todos los efectos y no me admitirán en ningún máster en junio, por ejemplo. Si cuando lo solicite en septiembre ya se han acabado las plazas… mala suerte.

Pero bueno, al margen de esto lo que venía a decir es que estoy loca de contenta y deseando hacerlas. Estudiar siempre me ha gustado, pero después de 5 años a tope cada año me voy notando más cansada, quemada y vaga, así que estoy deseando estos meses de pseudo-trabajo y total ausencia de apuntes, por mucho que tenga que currar (y tampoco será tanto).

Y también estoy super feliz porque por primera vez (sin contar becas) he constatado que mi expediente está sirviendo para algo, aunque sea para algo tan “banal” como ésto (al fin y al cabo, tampoco me jugaba nada importante). La elección se hace por orden de expediente: te van nombrando, y vas diciendo la farmacia y el hospital que quieres. Y yo he sido la 5ª en elegir de 145 personas (oh, qué poco modesta contándolo aquí… pues sí, pero es mi blog y me voy a dar el lujo xD).

Así que nada, de marzo a mayo estaré aquí en Granada, en el Hospital San Cecilio; y de junio a agosto en Almería, en una farmacia de la calle Gerona donde hacen fórmulas magistrales y análisis clínicos y las farmacéuticas son super majas. Ya sabéis a dónde tenéis que ir a verme^^ Tengo muchas ganas también de empezar a vivir anécdotas graciosas de farmacia xD.

Al final todo ha salido como quería (de momento, sé que el mundo real empieza lejos de la facultad, pero no vamos a pensar en eso ahora) y sé que los amigos que me leéis os alegraréis por mí. Aquí empieza mi “entrenamiento en serio”, y espero aprovecharlo para ser una buena profesional sanitaria el día de mañana.

Un poco de historia: los Refugios de Almería

13 Ene

De pronto, todas las luces se apagaron. “No os preocupéis”, dijo la guía. “Llevo linterna, y si de todas formas alguien empieza a encontrarse mal, que lo diga y nos damos la vuelta. Es algo que aquí abajo suele pasar bastante a menudo, por la humedad…”

Pues es mi cuarta visita a los Refugios de la Guerra Civil de Almería, y a mí no me había pasado nunca. Por suerte, o quizás por desgracia, porque la verdad es que caminar por un laberinto de calles a 9 metros de profundidad bajo la ciudad, y en la más completa oscuridad, también tiene su aquel. Te metes más en la situación (durante los bombardeos, la luz dentro de los refugios se apagaba para no ser un blanco fácil para los ataques aéreos) y se te eriza un poco la piel. La pena fue que nos quedamos sin ver un par de cosillas en ese tramo (yo ya las había visto, pero el resto de la gente no), pero la verdad es que la experiencia que valió la pena.

En febrero de 1937, en plena Guerra Civil, los habitantes de Almería se embarcaron en la construcción de unos refugios para albergar a la máxima población posible durante los bombardeos, que fueron muchísimos (de hecho, alguien se ha referido a Almería como “el Guernica del sur”). Los acabaron en un tiempo récord, en la primavera del 38… y eso que están hechos enteramente a pico y pala. Mujeres, hombres e incluso niños de 14 años que al salir del trabajo se iban a los refugios y colaboraban en su construcción voluntariamente; aparte de los obreros que sí tenían un contrato y un sueldo. Y ahora, la pregunta del millón: ¿creéis que en Almería hay algún monumento dedicado a estas personas y recordando su hazaña? Bingo, la respuesta es no.

La verdad es que es de vergüenza que un lugar tan importante para la historia de todos los almerienses sea tan poco conocido y publicitado. Y sin embargo, sin esos refugios muchos de nosotros no estaríamos aquí: mi abuela, por ejemplo, tuvo la suerte de poder estar a cubierto en uno de esos bombardeos, un día que fue a Almería desde su pueblo. Y no sólo almerienses: cuando los malagueños huyeron hacia Almería, muchos de ellos también se resguardaron en ellos a su llegada. De hecho, en esta última visita nos han referido que hace poco fue a los Refugios una mujer de Málaga… a conocer el sitio donde había nacido, el quirófano (sí, los refugios también tenían quirófano).

Las explicaciones de los guías son muy “políticamente correctas”, eso sí. No se dice para nada quiénes bombardeaban ni por qué, sino que te dicen “caían las bombas” como si de un fenómeno atmosférico se tratara. No obstante, lo explican todo muy bien, y en ésta última ocasión incluso han nombrado a “las tropas franquistas” (¡venga, vosotros podéis! A ver si la próxima vez conseguís decir “fascistas”-palabra que, por otra parte, sí aparece en algunos carteles-).

En definitiva, que considero que es algo digno de ver si se tiene la oportunidad. La primera vez que fui, me quedé tan en shock que no hablé casi durante toda la visita (que dura algo más de una hora), y aunque llevaba la cámara, no fui capaz de hacer ninguna foto. Y desde entonces he vuelto a repetir tres veces, dando la brasa a tres grupos distintos de personas para que los vieran, jeje. La verdad es que en cada una de las cuatro visitas he tenido una compañía de lujo, y también las recuerdo con cariño por eso.

Otra cosa… no quiero cansar poniendo más poemas, y de todas formas esta entrada es un poco larga. Pero Pablo Neruda escribió un poema sobre Almería en guerra (que se llama, lógicamente, “Almería”), y recomiendo que lo leáis si podéis. Tampoco tiene desperdicio.

Y por último, un pdf del Ayuntamiento de Almería dando más información sobre los Refugios, aquí.